domingo, 3 de junio de 2012

Mata-Hari



 Mata-Hari
"Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico", declaró la espía durante el proceso que la condenó a muerte. Pocas mujeres han despertado tantas pasiones y sembrado tanto misterio a su alrededor como Mata-Hari, la más legendaria espía de nuestro siglo. Ella misma se encargó durante años de urdir la inextricable red de rumores y fantasías que envolvieron en una nebulosa a aquella bailarina exótica, apasionada, amante de un batallón de caballeros influyentes y arriesgada espía, hasta que las biografías han podido demostrar que la famosa bailarina hindú, aclamada en París, en Berlín y en Montecarlo, no era más que una mentirosa patológica y una aventurera caída en desgracia. Pero lo malo no es que Mata-Hari, o mejor, Margaretha Geertruida Zelle, fuera una impostora, una bailarina abominable y una espía de medio pelo, dispuesta a venderse al mejor postor. Lo peor fue que a causa de sus muchos embrollos se vio condenada a morir a los 41 años ante un pelotón de fusilamiento en el castillo de Vincennes. "La verdad es que como espía fue poca cosa" ,diría con indudable cinismo el capitán Ladoux, el mismo que había pedido para ella la pena capital.
Lo cierto es que Margaretha Geertruida, que se fabricó un pasado en la India en el seno de una familia de brahamanes, no era más que la hija de Adam Zelle, un modesto sombrerero holandés al que sus vecinos apodaban el Barón, por sus delirios de grandeza y sus costumbres extravagantes. A los seis años, Margaretha Zelle, fue matriculada en el colegio más caro de la ciudad y enviada a clase, el primer día de curso, en una carretela dorada tirada por dos cabritas blancas enjaezadas como para unos esponsales principescos. Las burlas de sus compañeras no hicieron mella en la futura Mata-Hari que descubrió pronto el placer de verse convertida en el centro de todas las miradas. "Era diferente de las demás niñas -dijo años más tarde una compañera-, en su naturaleza estaba el deseo de brillar".
El sombrerero, como era de esperar, acabó arruinado y separado de su esposa, fallecida prematuramente minada por las disputas conyugales, pero convencido de que la belleza exótica de su hija le iba a resarcir de tanto sinsabor. Y no le faltaba razón. La fama de seductora de Margaretha se inició a los quince años, en la Escuela Normal de Lyden, donde fue enviada junto con sus hermanos, en vista de la incapacidad del padre para educarles con sensatez. La mayor parte de sus años en Lyden los pasó huyendo del acoso sexual y de los castigos del director de la institución, un tal Wibrandus Haanstra, quien llegó a arrastrarse a sus pies, a gimotear en público y a escribir horrendas poesías con tal de conseguir sus favores.

Amante de la milicia. La obsesión de Mata-Hari por los uniformes militares es bien conocida para cualquiera que haya hojeado alguna de sus biografías. "Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico", declaró durante su proceso ante la acusación de haberse acostado con la milicia de media Europa. No es de extrañar que su matrimonio con el capitán Rudolf McLeod apareciera ante sus ojos como la antesala de un sueño, que muy pronto se tornaría en pesadilla. La joven Zelle tenía entonces 18 años y muchas ganas de zafarse de la vigilancia de su tío en La Haya, con quien se había refugiado tras escapar del colegio y del baboso profesor Wibrandus. Una mañana de 1895 encontró este anuncio salvador en el periódico Her Nieuws Van Der Dag: "Oficial destinado en las Indias Orientales holandesas desearía encontrar señorita de buen carácter con fines matrimoniales". Sólo se pedía una carta con referencias, pero Margaretha añadió una fotografía, convencida de impresionar al capitán.
La cita galante tuvo lugar a la puerta del Rijsmuseum de Amsterdam un día de marzo de 1895. Él tiene 39 años, apostura marcial, un bigote aparatoso, galones, chaquetilla y sable. Ella, 18, y es una insólita holandesa, morena y de ojos profundos. Resultó inevitable el coup de foudre. Después del almuerzo, el deseo los condujo a un coche de punto. Nada cuesta imaginar una pasión incendiaria, un enredo de brazos y piernas y, más tarde, unas cartas ansiosas que sellan el amor iniciado. "Qué suerte que los dos tengamos el mismo temperamento ardiente", escribiría Margaretha en esos días. Tanto ardor acabó en un embarazo y en una boda precipitada sin los fastos que había soñado el pomposo padre de la novia.
En las Indias Orientales holandesas se fraguará la aventura de Mata-Hari. Mac Leod es nombrado comandante del primer batallón de infantería en Java y allí se trasladan ambos esposos con su hijo Norman. Allí nació Louise y empezaría Margaretha a interesarse por las danzas nativas, que le iban a proporcionar largas horas de placer ante el espanto del comandante que empezó a acusarla de disoluta y viciosa. Lo que antes era hechizo, ahora era perversión, y se desató el infierno conyugal. En una ocasión Mac Leod se quejó a su hermana justificando la animadversión hacia su consorte: "¿Cómo puedo hacer para quitarme de encima a esa maldita sin perder a mis hijos?... ¡Ay! Si tuviera dinero para comprar su consentimiento, pues la maldita hace todo por dinero".

 Mata-Hari

Fue una impostora, una bailarina abominable y una espía de medio pelo que, por sus embrollos, fue fusilada a los 41 años

Pupila de la aurora. Ella, por su parte, le tachará de borracho y violento, y le culpará de la muerte del hijo, acaecida en circunstancias extrañas. Años más tarde, Mata-Hari declaraba que no mostraba sus pechos totalmente desnudos porque su ex marido, en un ataque de furia, le había arrancado el pezón izquierdo de un mordisco. El caso es que en 1902 se separaron. La pequeña Louise se quedó con el padre, y la señora Mac Leod se esfumó sin dejar rastro, hasta que reapareció en París convertida en la danzarina hindú Mata-Hari.
"Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany, murió a los catorce años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me pusieron Mata-Hari, que quiere decir `pupila de la aurora'", contaba impávida. Decía que en la pagoda de Siva aprendió los sagrados ritos de la danza.
Con este currículo completamente amañado, unas contorsiones sensuales y misteriosas, y un cuerpo hermoso prácticamente desnudo, a excepción de las cúpulas de bronce que cubrían los senos, se dispuso Mata-Hari a conquistar el mundo desde el Museo de Arte Oriental de París, en una función promovida por el coleccionista Guimet. Basta con leer la crónica del 18 de marzo de 1905, de La Presse, para saber que los parisinos quedaron fascinados: "Mata-Hari es Absaras, hermana de las ninfas,de las Ondinas, de las walkirias y de las náyades, creadas por Indra para la perdición de los hombres y de los sabios."
Ella, entretanto, fomentaba su leyenda relatando su biografía de mil maneras diferentes, hasta que nadie sabía muy bien quién era ni de dónde salía. Tuvo protectores ricos y contratos suculentos en las grandes capitales europeas, aunque fue rechazada para bailar en el teatro Odeón de París, que dirigía el célebre Antoine. Tampoco pudo encajar nunca el desprecio de Diághilev, que no se molestó en recibirla, a pesar de que Mata-Hari lo intentó con insistencia.

Cuestión de mala suerte. Tuvo la mala suerte de estar actuando en Berlín cuando estalló la guerra del 14. Y lo que es peor, tuvo la mala suerte de ser por esas fechas la amante del jefe de policía de la ciudad, y un poco más tarde de Kraemer, cónsul alemán en Amsterdam y jefe del espionaje de su país. Los franceses no se lo perdonarían.
Lo cierto es que Kraemer piensa en ella para sonsacar información a los militares franceses. A cambio, naturalmente, de sumas considerables. Tras el regateo, Mata-Hari acepta y se convierte en la agente H-21. Pero la bailarina era ambiciosa e inconstante en sus afectos, y tal como había hecho siempre con los amores, decidió jugar a dos barajas y convertirse en agente doble. Ni corta ni perezosa se ofrece en París al capitán Ladoux, a quien sabe al frente del Servicio de Espionaje y Contraespionaje francés. A partir de ese momento, Ladoux se dedica a seguir todos sus pasos y a vigilarla de cerca. Una mujer que no puede pasar desapercibida, resulta ser una pésima espía. Si además es propensa a la mentira, al embrollo y a acostarse con cualquier apuesto caballero con tal de que tenga un par de galones, las cosas pueden complicarse mucho.
Pese a estar muy enamorada por aquel entonces del oficial Vadim Masslov, varios años más joven que ella, sus intrincados asuntos de alcoba entre Madrid, Amsterdam y París, acelerarán su caída y su detención acusada de espionaje. En el interrogatorio se volverían contra ella sus últimas andanzas con la milicia: "Desde junio de 1916 habéis entrado en relación con los militares de todas las nacionalidades que estaban de paso en París.
Así el 12 de julio habéis almorzado con el subteniente Hallaure. Del 15 al 18 de julio habéis vivido con el comandante belga De Beaufort. El 30 de julio salisteis con el comandante de Montenegro, Yovilchevich. El 3 de agosto con el subteniente Gasfield y el capitán Masslov. El 4 de agosto os citabais con el capitán italiano Mariani. El 16 almorzabais con los oficiales irlandeses, Plankette y O'Brien, y el 24, con el general Baumgartem". El listado continuaba y aquí fue cuando Mata-Hari aseguró que amaba a los militares de todos los países y que sólo se acostaba con ellos por placer, no para sacarles información.
Es muy probable que esa fuera la única verdad que dijo en su vida. El tribunal francés la acusó de alta traición y la condenó a muerte sin pruebas concluyentes. En parte, para subir los ánimos de un país en guerra, al que se le ofrecía una sensacional ejecución con intenciones edificantes.
Murió con una serenidad inusitada el 15 de octubre de 1917. Vestida y maquillada como para una gran ceremonia, no permitió que le taparan los ojos y miró sin rencor a los oficiales del pelotón de fusilamiento. Nadie reclamó su cadáver.
Fuente

sábado, 2 de junio de 2012

LA COLONIA PERDIDA DE ROANOKE



A principios del siglo XVIII, unos exploradores que remontaban el río Lumber, en Carolina del Norte (Estados Unidos), descubrieron, sorprendidos, unos indios de ojos grises que hablaban una lengua parecida al inglés.

La tribu aseguraba que sus antepasados podían «hablar en un libro», expresión con que los exploradores entendieron que sabían leer.

Los descendientes de este misterioso pueblo viven hoy en Robeson County, en las mismas tierras donde fueron descubiertos.

Conocidos como indios Lumbees (ojizarcos para los españoles), tienen una tez que varía desde morena a muy blanca y, aun hoy, abundan entre ellos el pelo rubio y los ojos azules.

Nadie conoce la verdadera historia de esta tribu, pero en el transcurso de los años se ha ido gestando una curiosa teoría dotada, al parecer, de gran coherencia.

Se cree que pueden ser descendientes de los expedicionarios ingleses, desaparecidos sin dejar rastro en 1591, que Walter Raleigh enviara la isla Roanoke. El río Lumber está a unos 320 kilómetros de la isla. Isabel I de Inglaterra se la cedió a Raleigh que, a raíz de entonces, organizó dos intentos de colonización. El primero fue abandonado en 1586, debido a los repetidos ataques indios y a la escasez de provisiones.

Mayor acierto tuvo la expedición de más de un centenar de colonos, entre hombres y mujeres, dirigida por el gobernador John White, que llegó a Roanoke en 1587. White decidió regresar a Inglaterra con un número mínimo de acompañantes en busca de auxilio y provisiones. Dejó estipulado que si en su ausencia el resto de los colonos se veían obligados a partir, deberían inscribir el nombre del sitio a donde se dirigían en un «lugar destacado».

White no pudo volver a América hasta 1591, debido a la guerra entre España e Inglaterra. En Roanoke sólo halló los restos de una fortaleza, que había sido saqueada y abandonada; los colonos habían desaparecido sin dejar rastro. Sólo quedaba un indicio: la palabra CROATAN, tallada en un árbol.

Los historiadores todavía discuten su significado. Unos suponen que era el nombre de una tribu india que atacó la colonia y mató a los colonos.

Otros opinan, en cambio, que CROATAN pudo haber sido el nombre de una fértil península del continente, habitada por los pacíficos indios Hatteras. Si los colonos alcanzaron el continente y se fundieron con los Hatteras, sus descendientes podrían ser los actuales indios Lumbee.

Pero el gobernador White supuso lo peor. Creyó que los expedicionarios habían muerto hasta el último hombre, y regresó con su tripulación a Inglaterra, persuadido de que era imposible la colonización de una tierra tan salvaje.

Sin embargo, existen hoy pruebas suficientes para pensar que estaba equivocado.

De los 95 apellidos de los colonos perdidos de Roanoke (nombres como Sampson, Costmore y Locklear), no menos de 41 pueden hallarse entre los Lumbees.

viernes, 1 de junio de 2012

Datos macabros


1. Algo tendría de excéntrico Miguel Barragán, presidente de México en 1836 quien como última voluntad pidió que su cuerpo fuera dividido y conducido a los lugares donde había escrito la historia de su vida: su cadáver fue distribuido en varios lugares de la República, una parte quedó sepultada en la Catedral de México y los ojos en el Valle del Maíz, San Luis Potosí donde nació; el corazón en Guadalajara, donde había sido comandante general; las entrañas en la colegiata de Guadalupe y en la capilla del señor de Santa Teresa, en testimonio de su devoción a estas imágenes y la lengua en San Juan de Ulúa, en recuerdo de haber tomado posesión de la fortaleza al rendirse los españoles en 1825.

2. La admiración por una persona puede rebasar los límites de su vida y seguir hasta en la muerte. Tal fue la última voluntad del presidente Anastasio Bustamante: que su cuerpo fuera sepultado, pero su corazón, colocado en una urna, reposara junto a los restos de Agustín de Iturbide. Y así fue, a partir de 1853, en la capilla de San Felipe de Jesús de la Catedral Metropolitana, bajo el osario de Iturbide se encuentra la urna con el corazón de Bustamante.

3. En 1861 se exhumaron 13 momias del panteón de los padres dominicos en la ciudad de México. Durante algunos días los cuerpos permanecieron “en formación macabra” frente a la Diputación y escribieron una nueva historia cuya realidad alcanzó los límites de lo absurdo. Reconocido por su anticlericalismo, el gobernador del Distrito Federal, Juan José Baz autorizó la venta de las momias. Una terminó su aventura en la Escuela de Medicina. Las otras fueron adquiridas por un italiano que al parecer manejaba un circo. Feliz con su más novedosa atracción, el europeo viajó a la Argentina cuando en el horizonte mexicano asomaba la intervención francesa (1862). Nadie volvió a tocar el tema. Sin embargo, en 1867, al restaurarse la república, Juan José Baz –nuevamente gobernador del Distrito Federal- fue informado de que uno de los trece cuerpos momificados era el célebre y combativo patriota fray Servando Teresa de Mier, muerto en 1827 y sepultado por su origen dominico, en el famoso convento. El gobernador hizo todo lo humanamente posible por recuperarlas pero fue inútil: el ajetreo de los viajes, las giras del circo, los diversos climas y el tiempo que todo lo cubre de historia las habían desaparecido de la faz de la tierra.


4. Una vez juzgados, Maximiliano, Miramón y Mejía fueron sentenciados a morir y la ejecución debía verificarse el 16 de junio de 1867. Los reos fueron puestos en capilla, pero momentos antes de ser conducidos al paredón, ésta se pospuso para tres días después. El 19 de junio, fecha en que fueron fusilados ya estaban moralmente muertos.

5. Durante los últimos meses del imperio de Maximiliano, el general Miramón estuvo a unas cuadras de capturar a Juárez (Zacatecas, 1867); lo habría fusilado. Juárez capturó a Miramón y fue ejecutado. El panteón de San Fernando recogió los restos de ambos, pero ni muertos podían estar juntos. Al regresar a México, hacia la década de 1890, Concha Lombardo de Miramón -esposa del general- se indignó al saber que Juárez se encontraba sepultado a unos metros de su esposo por lo que decidió exhumar el cuerpo de su marido y se lo llevó a Puebla. Hoy descansa en la catedral.

6. La viuda del general Tomás Mejía, fusilado junto con Maximiliano y Miramón, solicitó autorización para llevar el cadáver de su marido a México, pero como no tenía –literalmente-. “ni en qué caerse muerta”, aprovecho el excelente embalsamamiento de su difunto esposo y lo sentó en la sala de su casa, en la calle de Guerrero, durante tres meses. La escena no podía ser más terrible. Con sus manos cubiertas con guantes blancos, y de traje oscuro, el cadáver parece descansar sentado sobre una silla. Conmovido por la triste situación, el presidente Benito Juárez intervino proporcionando a la viuda los recursos necesarios para el entierro. El panteón de San Fernando –el más clásico de los cementerios del siglo XIX- abrió sus puertas para recibir a Tomás Mejía, donde sus restos descansan hasta el día de hoy.

7. ¿Qué hubiera sido de la Revolución si Pancho Villa hubiera muerto en sus inicios? En 1912, en la campaña contra Pascual Orozco, por órdenes de Huerta, Villa fue colocado frente al pelotón del fusilamiento; en el último momento, cuando se disponía la ejecución, llegó el perdón de Madero a través de uno de sus hermanos.



8. El 2 de junio de 1915, Obregón fue herido por una granada que le arrancó el brazo derecho. Retorciéndose de dolor, el sonorense sacó su pistola, la colocó sobre su cabeza y jaló el gatillo pero estaba descargada, un día antes había sido limpiada por su asistente a quien se le olvidó cargarla de nuevo



9. A pesar de su violentísima muerte -asesinado con balas expansivas- Pancho Villa tuvo una cristiana sepultura y “descansó en paz” por algunos años. Una noche de 1926, desconocidos entraron al panteón donde fue sepultado y profanaron su tumba. A la mañana siguiente, el cuerpo del Centauro apareció sin cabeza. Nadie sabe qué fue de ella. Las “malas lenguas” cuentan que fueron los “gringos”, quienes querían analizar su cerebro, para saber qué tenía en la cabeza, aquel hombre que se atrevió a invadir su territorio.