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martes, 16 de octubre de 2012

El suicidio de la secta de Jones en Guyana


El 18 de noviembre de 1978, el mundo se estremecía con las  imágenes del suicidio de 913 estadounidenses, miembros de la secta Templo del Pueblo. El relato de una sobreviviente.
El fanatismo al reverendo Jones terminó en una tragedia.
Creía ser la reencarnación de Lenin, Jesucristo y Buda.
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t.gif (67 bytes)  Fue el suicidio colectivo más trágico de la historia contemporánea.  El 18 de noviembre de 1978, 913 estadounidenses miembros de la secta Templo del Pueblo murieron colectivamente tomando cianuro en la jungla de Guyana, cerca de la frontera con Venezuela. Si lo hicieron forzada o voluntariamente, nunca se supo. Lo que sí está claro es que este episodio –que en aquel momento conmovió a ese país y al mundo entero– está casi olvidado ahora en Estados Unidos; sólo un puñado de familias y sobrevivientes han previsto volver hoy a la fosa común donde están enterrados más de 400 cuerpos, la mayoría no identificados, en el cementerio Evergreen de Oakland, en California.
Inclusive, a pesar de sus esfuerzos, estos sobrevivientes no han podido reunir el dinero suficiente para construir un monumento en memoria de las víctimas. Hombres, mujeres y niños que siguieron a su líder espiritual Jim Jones para levantar un mundo ideal en la selva de Guyana.
La colonia agrícola, bautizada Jonestown y que fue fundada en 1973, era para algunos el paradigma de la felicidad multirracial, con pretensiones igualitarias y dominada por un cuarentón con enorme carisma e ideas marxistas que creía ser la reencarnación de Lenin, Jesucristo y Buda. Jim Jones no sólo era fiable, además era rico y estaba ligado a algunos políticos californianos. Contaba entre sus amistades a Rosalyn Carter, la esposa de Jimmy Carter, presidente de Estados Unidos entre 1977 y 1981. Y al legislador estatal Willie Brown, actual alcalde de California.
Pero en 1976 la colonia ya no era el paraíso soñado: “La gente tenía miedo de Jim Jones, trataba de huir. Una vez que llegabas, no te podías marchar”, explica Jynona Norwood, pastor de la Family Christian Cathedral, en Los Angeles. Veintisiete miembros de su familia se suicidaron.
La idea del suicidio colectivo surgió tras el asesinato de un congresista de California, Leo Ryan, que fue a investigar la colonia a petición de algunos padres, inquietos porque sus hijos no volvían. Dos periodistas que lo acompañaban también fueron asesinados por miembros de la secta cuando se disponían a subir al avión de regreso. Al día siguiente, Jim Jones instó a los miembros de la colonia a cometer “no un suicidio, sino un acto revolucionario”, según una grabación encontrada en el lugar. Algunos estaban dispuestos: “No le tenemos miedo a la muerte”, escribió antes de morir uno de los suicidas. “Esperamos que el mundo se dé cuenta un día de los ideales de justicia e igualdad por los que vivió y murió Jim Jones.”

Pero las madres se mostraban reticentes a envenenar a sus hijos con cianuro. Las protestas se sofocaron rápido y tres días más tarde, el mundo, conmocionado, descubrió las imágenes de centenares de cuerpos tendidos en la jungla, a menudo boca abajo.

Este año, los hijos de Jim Jones, Stephan y Jim Junior, que no se encontraban en la comunidad el día del drama, han vuelto al lugar. “Era gente cariñosa y apasionada. Esta gente no hubiera tenido que morir”, explicó Stephan Jones a la cadena de televisión ABC, organizadora del viaje. “Pero hacia el final, a (Jim Jones) lo consumió su propia locura”, agregó. “El final fue horrible, pero pienso en lo que intentó construir”, asegura, por su parte, Jim Junior. La secta dejó de existir después del drama. Decenas de sobrevivientes (que huyeron justo antes) intentaron, a duras penas, reintegrarse en la sociedad a pesar de las “dudas, las acusaciones y la vergüenza”, confiesa Jynona Norwood.

El drama de Jonestown, que seguirá siendo un misterio, no disuadió otros suicidios colectivos. En Estados Unidos, más de 80 miembros de la secta de los davidianos murieron en 1993 en el incendio, aparentemente voluntario, de su granja en Waco (Texas), que la policía había tomado por asalto. En Suiza y Québec, en octubre de 1994, dos grupos de miembros de la Orden del Templo Solar (OTS), en total 53 personas, también fueron encontrados muertos, antes de otro suicidio colectivo de la OTS, en 1995 en Francia. El suicidio colectivo más reciente es el de los 39 adeptos de la Puerta del Paraíso, en marzo de 1997, en California. En total, según la AFF(American Family Foundation, centro de investigaciones sobre las sectas), hay entre 3000 y 5000 grupos de este tipo en el mundo que reagrupan a entre 5 y 20 millones de miembros.

La voz que oyó Deborah
Deborah Layton vivió en Jonestown y teóricamente tendría que haber muerto allí, pero fue uno de los pocos miembros del Templo del Pueblo en salir con vida de la selva de Guyana. Layton fue también una de los pocos disidentes que había alertado sobre lo que se estaba preparando en la ciudad erigida por la secta. Pero sus advertencias no fueron suficientemente tenidas en cuenta.
Desde su casa en las afueras de San Francisco, Layton se aventuró de nuevo a la oscuridad del Templo del Pueblo para intentar encontrar alguna explicación al abismo mortal al que se precipitaron cientos de sus ex camaradas. Sus esfuerzos para exhumar las memorias derivaron en un libro: Veneno seductivo: la historia de una sobreviviente de Jonestown sobre la vida y la muerte en el Templo del Pueblo. También la llevaron de nuevo al fatídico lugar de la jungla de Guyana.
Su madre, que se había unido a la secta en parte para estar más cerca de ella, está enterrada allí. Murió de cáncer diez días antes de que Jim Jones realizara el último acto de su locura. Y su hermano, Larry, quien la había convencido para que entrara a la secta, cumple una sentencia a cadena perpetua. Es la única persona procesada por el mortal atentado contra el legislador californiano Leo Ryan y un grupo de periodistas en una pista de aterrizaje de Guyana.
Layton huyó de Guyana en mayo de 1978. La que llegó a ser una de las principales ayudantes de Jones, cada vez se sentía más preocupada por la dirección hacia la que el adorado “Padre” conducía su rebaño. Layton explica que la huida fue una cuestión de hacer caso a su voz interior, una voz que Jones trataba de apagar con discursos delirantes. “Te decía que la voz era mala, que era la voz del egoísmo”, cuenta la mujer que le decía Jones. “Pero fue esa voz la que me salvó”, asegura, con vida, ahora.

FUENTE


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Los Jibaros


El mundo que existe al este de los Andes es completamente distinto: la Amazonía con sus tribus primitivas, entre las cuales la más conocida sea acaso la de los jíbaros. Hay nativos que muestran facilidad para adaptarse a los usos de los blancos, mientras otros rechazan toda ingerencia. Los primeros, que reciben el calificativo de "mansos", son de carácter dúctil y astuto, no suelen atreverse a luchar contra la fuerza de la civilización, cuyas ventajas intuyen apenas ven una camisa o un par de pantalones; se aproximan hasta los pueblos de los colonos, comercian, cambian productos, desean zapatos o un fusíl y advierten que el arco y las flechas resultan anacrónicos. Se hallan en fase de transformación y dentro de algunos decenios estarán integrados, o a punto de hacerlo, puesto que mezclan su propia sangre con la de los blancos. Aprenden ciertos métodos de trabajo, si bien el concepto de una ocupación estable les resulta difícil; las escuelas misioneras -católicas y protestantes- les enseñan a leer, a escribir, a contar, pero al mismo tiempo les imponen una regularidad de asistencia que no se adapta muy bien a las características psicológicas del morador de la selva. Poco a poco, sin embargo, la transformación va materializándose de una forma incontrastable.

En cambio la estirpe de los jíbaros rechaza todo contacto externo y se obstina en ubicarse fuera de los confines civilizados; fuerte y orgullosa, esta familia de tribus es temida por todos los clanes, debido a su combatividad y su afición a los cultos sanguinarios. El jíbaro ha dejado las riberas de los ríos navegables, apartándose hacia los afluentes lejanos, defendidos por el intrincado manto forestal; allí custodia su propia cultura selvática, su propia sociedad caracterizada por la poligamia y los ritos de magia.

La mujer es una esclava y está sometida a las más duras fatigas. El varón es un soberano con derecho de vida y muerte sobre la esposa. El jíbaro, que captura el tucán para ceñirse la frente con sus plumas, que lanza contra los peces y los animales las flechas de sus largas cerbatanas, que vigila su cabaña con agudas lanzas y maneja el arco con increíble destreza, es conocido sobre todo por dos motivos: el curare, veneno mortal cuyos secretos de preparación conoce y con el que unta la punta de sus armas, y la reducción de cabezas cortadas a los enemigos para aplacar las almas de los difuntos, tratadas hasta obtener las tzantzas, del tamaño de una manzana. Los huesos del cráneo y de la cara se desmenuzan con la maza y se extraen a través de un corte practicado en la nuca; después la cabeza se pone a secar y luego se sumerge en una salmuera de yerbas, raíces y numerosos vegetales.
Son muy singulares las costumbres funerarias de los jíbaros. No acostumbran enterrar a los muertos, sino que los abandonan en sus cabañas, después de haberlos colocado dentro de troncos de árboles huecos y haberles provisto de comida y bebida.

lunes, 9 de julio de 2012

BAIGORRI Y LA MAQUINA DE HACER LLOVER

                   
“Cómo respuesta a la censura a mi procedimiento, regalo, por intermedio de Crítica, una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939”. Juan Baigorri Velar.

"El hombre que hacia llover"
Hijo de un militar que cultivaba una profunda amistad con el Gral. Julio Argentino Roca, cursó sus estudios en el Colegio Nacional Buenos Aires y luego se recibió de ingeniero. Como decidió realizar una especialización en petróleo, viajó a Italia para cursar Geofísica en la Universidad de Milán.

Baigorri Velar - La maquina de hacer llover Durante su estadía en Italia diseño y construyó un aparato que medía el potencial eléctrico y las condiciones electromagnéticas de la tierra. Esto sería el principio de lo que hoy es casi una leyenda. Se trataba de una caja cúbica del tamaño de un aparato de TV actual (de los medianos) y con dos antenas que sobresalían misteriosamente. Pero aún no lo usaba para los fines que lo harían famoso.

En 1929 Baigorri Velar acepta un cargo que le fuera ofrecido por el director de YPF, el Gral. Enrique Mosconi. Por este motivo se instala definitivamente en Buenos Aires junto a su mujer e hijo.

Al principio van a vivir al barrio de Caballito pero el ingeniero advierte que la zona es demasiado húmeda para su gusto y el de sus delicados instrumentos. Un día recorre un amplio sector de la ciudad llevando con él uno de sus aparatos, y al pasar por la zona de Villa Luro, descubre que ese lugar es el más alto de la ciudad de acuerdo a la medición de su instrumento, y allí se muda luego de encontrar una casa adecuada en Ramón Falcón y Araujo.

Es en 1938 cuando el ingeniero Baigorri descubre que uno de sus aparatos, cargado con reactivos químicos y conectado a una batería, provoca lluvias en cualquier lugar donde se encuentre. A partir de ese momento comienza a realizar pruebas en los lugares más difíciles.


En la estancia "Los milagros", de Juan Balbi, provincia de Santiago del Estero, hacía 16 meses que no había precipitaciones. Baigorri conecta sus instrumentos y logra hacer llover.

También en Santiago del Estero es solicitado por el mismo gobernador de la provincia, el Dr. Pío Montenegro. Acude a una estancia del funcionario en donde no llovía desde hacía ya tres años. Tres días de trabajo y llueven 60 mm. en dos horas.

Nuevamente Santiago del Estero, para Navidad; llueve como nunca.

En Carhué hacía tres años que no llovía. Va Baigorri con sus aparatos y llueve tanto que desborda la laguna.

El ministro de Asuntos Técnicos de la provincia de San Juan lo llama en 1951 para probar suerte en una zona en la cual no caía agua desde hacía 8 años. Prueba y llueven 30 mm.

A pesar de todo esto hay una buena parte de la opinión pública que desconfía del método. Lo llaman "el mago de Villa Luro" y les cuesta creer que todo aquello sea posible.

El director del Servicio de Meteorología Nacional no perdía ocasión para hablar con tono entre burlón y despectivo de Baigorri Velar. Un día el diario "Crítica" anuncia, a modo de desafío, que el ingeniero hará llover entre el 2 y el 3 de enero de 1939. Baigorri acepta el reto y no sólo eso: con un rasgo de humor poco habitual en él, ya que se trataba de un hombre que tomaba todo muy seriamente, le envía un paraguas de regalo al hombre que se burlaba de sus métodos, el Director de Meteorología. Una tarjeta adunta decís: "Para que lo use el 2 de enero"

En efecto, llueve entre el 2 y el 3 de enero. Lo entrevistaron de varios diarios y revistas extranjeras. En la década del 40' un ingeniero norteamericano vino a verlo ofreciéndole mucho dinero por el invento y Baigorri contestó que:

-Soy argentino ... Y mi invento es para beneficiar a la Argentina.

Los ofrecimientos se sucedieron, pero la respuesta fue siempre la misma.

A pesar de todo esto, el manoseo popular de la idea y las feroces embestidas de funcionarios que no estaban de acuerdo, hicieron que Baigorri Velar decidiera retirarse, aunque continuó con esporádicas experiencias en los lugares en donde se lo solicitaba.

Tal vez no llovió en ciertos lugares a los que acudió el ingeniero con sus aparatos, pero es innegable que sí lo hizo en mucho otros donde hacía mucho tiempo que tal cosa no ocurría. El hecho es que todavía hoy se polemiza sobre el tema.

EL DIA EN QUE TODA LA CAPITAL MIRO HACIA EL CIELO PARA VER SI IBA A LLOVER
(Héctor Gambini. Redacción de Clarin.17-06-2002)

Sucedió el 2 de enero de 1939, cuando un ingeniero llamado Juan Baigorri le aseguró al director de Meteorología que haría llover sobre la ciudad. Y llovió.

Como respuesta a la censura a mi procedimiento, regalo —por intermedio de Crítica— una lluvia a Buenos Aires para el 2 de enero de 1939". La frase salió en el diario a fines del 38 y era un desafío público al director de Meteorología Nacional, para quien el autor de los dichos no era más que un embustero. Un ingeniero provocador que decía haber inventado la máquina de hacer llover.

Cuando llegó el 1° de enero, los porteños tenían el desafío tan presente que chocaban copas de madrugada con los ojos clavados en el cielo limpio. El día fue tan caluroso y húmedo que hasta la tarea de sentarse bajo la parra a mirar las nubes raquíticas que pasaban por Buenos Aires resultaba un entretenimiento cansador. Pero llegó la noche y nada.

En la mañana del 2, la ciudad volvió al trabajo. Y nada. Ni rastros de la lluvia. Pero no había viento ni para mover un pétalo de rosa. Y las nubecitas blancas y enfermizas de la tarde anterior iban echando cuerpo y color. Primero grises plomo. Después virando hacia el negro. Cada vez más. Hasta que una brisa de suspiro apareció de la nada con un aliento de humedad en suspensión. Gotitas sin peso ni para llegar al suelo. Y otras gotitas finas detrás, que ya tocaban el asfalto. Y otras gordas como ñoquis, que ahora hacían dibujos en los charcos incipientes. Enseguida, tormenta eléctrica y chaparrón violento. Una catarata que caía del cielo mientras Crítica paraba las rotativas para salir al mediodía con el título principal de la quinta edición, en tipografía catástrofe: "Como lo pronosticó Baigorri, hoy llovió", debajo de una volanta que daba información acerca de lo que acababa de ocurrir en Buenos Aires: "Baigorri consiguió que tres millones de personas dirijan sus miradas al cielo".

El tal Baigorri había nacido en Entre Ríos a fines del siglo anterior. Hijo de un militar amigo del general Roca, llegó a Buenos Aires para hacer la secundaria en el Colegio Nacional. Cuando egresó viajó a Italia para estudiar geofísica y se recibió de ingeniero en la Universidad de Milán.

En esos años —principios de la década del 30— comenzó a viajar por el mundo, contratado por diferentes petroleras. Estuvo en diversos países de Europa, Asia y Africa. Y también en Estados Unidos, desde donde volvió contratado por YPF.

Con su mujer y su hijo se instaló en Caballito. Junto a sus bultos de familia hizo trasladar desde el aeropuerto un aparato con antenas expandibles, que guardó celosamente en un placard. "Más o menos estoy adaptado a Buenos Aires, pero hay mucha humedad", se quejaba. Una mañana se decidió. Tomó unos aparatos y los utilizó para ir midiendo la humedad por los barrios porteños. Se paró frente a una casa de Araujo y Falcón, en Villa Luro. Las agujas le indicaban que era la zona más alta de cuanto había recorrido. Compró esa casa, que tenía un altillo perfecto para un laboratorio.

Allí se fue "desarrollando" la función de la extraña máquina, un artefacto que, a los dichos de Baigorri, provocaba que el cielo rompiese en lluvia cada vez que la encendiera. Según él, ocurría por un mecanismo de electromagnetismo que concentraba nubes en el área de influencia del aparato.

Era 1938 y los diarios hablaban de los recientes suicidios de Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni. Y de los fraudes en las elecciones parlamentarias que ponían al presidente Roberto Ortiz al borde de la renuncia. River inauguraba el Monumental.

Baigorri buscaba demostrar que podía manejar la lluvia y buscó el patrocinio del Ferrocarril Central Argentino. El gerente inglés oyó la propuesta y sonrió, malicioso. "¿Y usted podría hacerlo en cualquier lugar?", preguntó, tropezando con las palabras en español. Baigorri contestó que sí, y el inglés desafió, sarcástico: "Bueno, haga llover en Santiago del Estero".

Hacia allí salió el ingeniero, con su extraña máquina y un perito agrónomo de acompañante, que viajaba para controlarlo. A los pocos días volvieron y el perito certificó que, en una estancia de una localidad llamada Estación Pinto, Baigorri se puso a trabajar y a las ocho horas llovió.

Su fama comenzó a crecer y llegó con él, en tren, a Buenos Aires. Hasta viajaron dos periodistas de The Times, de Londres, para entrevistarlo. En el otro rincón, el ingeniero Calmarini, director de Meteorología, salió a decir que todo era un invento infame o, a lo sumo, obra de la casualidad.

Aprovechando la polémica y con el tema instalado en la calle, Crítica fue a entrevistar a Baigorri. De allí salió el desafío para el 2 de enero. Ante el silencio de Meteorología, el ingeniero subió la apuesta: le mandó al funcionario nacional un paraguas de regalo . Junto al bulto, una tarjeta: "Para que lo use el 2 de enero".Fue el día en que los porteños se desvelaron para mirar el cielo, esperando la lluvia.

Baigorri comenzó a viajar por el interior y a "hacer llover" con su máquina en diferentes localidades, con suerte dispar.

En 1951 fue asesor ad honórem del Ministerio de Asuntos Técnicos. Al año siguiente desempolvó su viejo invento y viajó a La Pampa. Llegó, encendió la batería y empezó a llover, aunque ya la gente dudaba de sus méritos: "Iba a llover de todos modos", decían.

Baigorri se recluyó en un largo silencio. Ya viudo, pasaba horas en el altillo de Villa Luro. Leonor, la mujer que hoy vive en esa casa, contó a Clarín: "Cada vez que llovía la gente rodeaba la casa y se ponía a mirar hacia el altillo". Allí mismo Baigorri se negó a atender a un emisario que decía venir en nombre de un empresario norteamericano para comprarle la fórmula. "Mi invento es argentino y será para exclusivo beneficio de los argentinos", le contestó.

Anciano y solo, vendió la casa y se mudó a lo de un amigo francés, que le prestó una habitación en un departamento. Murió en el otoño de 1972, hace justo 30 años. Tenía 81 y había llegado al hospital solo, con problemas en los bronquios.

Nadie más supo de la extraña máquina de las antenas. Ni si Baigorri dejó un sucesor secreto para que la activara como homenaje durante su propio sepelio: cuando lo estaban enterrando, en el cementerio de la Chacarita, se largó a llover.

viernes, 15 de junio de 2012

El partido más triste de la historia


En 1973, Chile era un país prisionero de la dictadura militar, y el Estadio Nacional se había convertido en campo de concentración y en cámara de torturas.


La selección chilena iba a disputar, contra la Unión Soviética, un partido decisivo para la clasificar a la Copa del Mundo.

La dictadura de Pinochet decidió que el partido debía disputarse en el Estadio Nacional, sí o sí.

Los presos que el estadio encerraba fueron trasladados de apuro y las máximas autoridades del fútbol mundial inspeccionaron la cancha, césped impecable, y dieron su bendición.

La selección soviética se negó a jugar.

Asistieron dieciocho mil entusiastas que pagaron entrada y ovacionaron el gol que Francisco Valdés metió en el arco vacío.



La selección chilena jugó contra nadie.



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Así lo cuenta Eduardo Galeano, en "Los hijos de los días". editado por Siglo XXI editores.

Hay bastantes referencias en internet al suceso.
Me quedo con dos, que narran el hecho desde dos puntos vista opuestos:
• Una narración menos poética pero más exhaustiva: El fútbol y la guerra fría: Chile vs URSS, la tarde más triste del fútbol.
• La "crónica" del partido de ida, en la URSS, titulado como Chile vs. URSS 1973: el partido de los valientes,



De estos dos apuntes está sacados el vídeo y la imagen que complementan esta entrada.

Fuente