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lunes, 17 de marzo de 2014

Las Trece Calaveras de Cristal




Cuenta una leyenda atribuida a los mayas que hay trece calaveras mágicas. Son todas de cristal. Doce fueron talladas en los doce mundos que en el pasado remoto habitó la Humanidad; la última, en la Tierra. Los atlantes se las legaron a los mayas y, con el tiempo, las joyas se dispersaron. El día en que las reunamos otra vez, nos contarán la verdadera historia de nuestra especie y nos transmitirán conocimientos que cambiarán nuestra vida para siempre. Es con lo que sueña la bella Irina Spalko, la agente soviética de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal obsesionada con encontrar el arma definitiva para ponerla al servicio de Stalin.

El más famoso de los cráneos de cuarzo es el de Mitchell-Hedges, también conocido como la Calavera del Destino. Mide 13 centímetros de alto y 18 de largo, pesa unos 5 kilos y está hecha con dos bloques de cuarzo, uno para el cráneo y otro para la mandíbula. Frederick Albert Mitchell-Hedges, un aventurero y escritor inglés, sostenía que su hija adoptiva la había encontrado entre las ruinas de la ciudad maya de Lubaantum, en Honduras Británica -hoy, Belice-, el 1 enero de 1924, día en el que la chica cumplía 17 años. En la literatura esotérica, la joya es depositaria de poderes extraordinarios, como el de propiciar las habilidades telepáticas.


Origen atlante
Mitchell-Hedges fue quien primero llamó la atención sobre las calaveras de cristal. Dejó escrito en su autobiografía, Danger my ally (El peligro, mi aliado. 1954), que los científicos habían concluido que la de Lubaantun tenía 3.600 años y había exigido a sus creadores 150 años de trabajo, “frotando con arena un inmenso bloque de cristal de roca hasta que finalmente emergió el cráneo perfecto”. En 1970, el restaurador de arte Frank Dorland aseguró, tras un análisis en los laboratorios de Hewlett-Packard, que la pieza había sido tallada en contra del eje natural del cuarzo y que no presentaba huellas de herramientas metálicas. Creía, como el explorador, que era de origen atlante y que se habían tardado 300 años en tallarla.


Mitchell-Hedges y su hija mantuvieron hasta el final -Anna falleció en el año 2007 cumplidos los 100- que el cráneo tenía poderes sobrenaturales. En su web se cuentan hechos sorprendentes, como lo que le sucedió a un periodista cuando entrevistaba al aventurero en su castillo. En un momento de la conversación, el reportero se excusó para ir al baño. Tardaba tanto en volver que Anna y su padre fueron en su busca. Se lo encontraron en otra habitación, con la calavera de cristal en las manos, paralizado. Cuando Mitchell-Hedges le quitó la reliquia, el hombre se derrumbó. En otra ocasión, Dennis Conan Doyle, hijo del creador de Sherlock Holmes, cenaba en el castillo cuando dijo que sentía un gran poder procedente de la pieza. Anna y su padre le retaron a demostrarlo. Escondieron el cráneo en un cuarto y le animaron a encontrarla guiado por la energía que decía captar. Conan Doyle acertó a la primera dónde estaba la joya.

Los aficionados a lo paranormal han achacado a la calavera cambios de color vinculados a las posiciones de los planetas, poderes curativos, la visión de imágenes en las cuencas de sus ojos, la captación de sonidos y de olores extraños… Todo ha apuntado desde su descubrimiento a un origen misterioso de la reliquia, que no sólo tendría poderes sobrenaturales, sino que, además, no sería única, como advierte la leyenda maya. Hay varias calaveras parecidas repartidas por el mundo, entre las que destacan la del Museo Británico, la del Museo de Quai Branly de París, la de ET -llamada así por sus grandes cuencas oculares-, Max -que está en una colección privada en Texas- y la de la Institución Smithsoniana, que pesa 14 kilos.


Análisis científicos
La ciencia ha aprendido en los últimos años mucho de los cráneos de cuarzo. El del Museo Británico ya no está catalogado como “probablemente azteca, de entre 1300 y 1500″, como ocurría hasta mediados de los años 90. El microscopio electrónico vio en él en 1996 huellas de torno de joyero, una herramienta desconocida en la América precolombina. Así que ahora la pieza está etiquetada como “probablemente europea, del siglo XIX”. Se cree que fue tallada en Alemania. A la calavera de la Institución Smithsoniana también se atribuyó en 1992 un origen reciente y un estudio publicado en mayo pasado ha revelado que para hacerla se usó como abrasivo carburo de silicio, compuesto químico que no se sintetizó hasta la década de 1890. Los arqueólogos siempre han pensado que ninguna de estas joyas es de factura precolombina.


A día de hoy no hay constancia siquiera de que la Calavera del Destino fuera descubierta en Lubaantun. Durante años, se sospechó que Mitchell-Hedges la enterró en la ciudad maya para que la encontrara su hija como regalo de cumpleaños. Sin embargo, tampoco hay ninguna certeza de que Anna estuviera alguna vez en Honduras Británica. Al contrario. Ni la joven ni la calavera aparecen en ninguna de las fotos tomadas por Lilian Mabel Alice, fotógrafa que inmortalizaba los hallazgos del aventurero, lo que ha llevado a los expertos a concluir que todo el episodio es una ficción.

Las pruebas documentales apuntan a que Mitchell-Hedges pagó por la joya 400 libras en 1944 a un tal Sydney Burney, que ya en 1936 era su propietario y que en 1943 la había intentado subastar en Sotheby’s, en Londres. El análisis de Hewlett Packard demostró que el cráneo y la mandíbula procedían del mismo trozo de cuarzo; pero nada más. Y la leyenda maya de los trece cráneos de cristal, historia en la que se basó George Lucas para la última aventura del arqueólogo más famoso, es una de tantas invenciones de la literatura paranormal, equiparable a las historias sobre máquinas voladoras que han difundido algunos autores como traducción de inscripciones antiguas que en realidad nadie ha descifrado.
 

Fuente TNC

jueves, 26 de julio de 2012

La Demostración Imposible De Houdini

Sir Arthur Conan Doyle (izquierda) junto al mago Harry Houdini (derecha)
Durante algunos años, el mago Harry Houdini y el escritor británico Sir Arthur Conan Doyle, creador de las historias de Sherlock Holmes, fueron amigos. Uno era un archi-escéptico (Houdini), mientras que el otro era un ferviente creyente del Espiritualismo (Doyle).
Posiblemente esperando demostrar a Doyle lo fácil que era verse engañado por mediums, Houdini ofreció a su amigo una extraordinaria demostración, en su propia casa, en presencia de Bernard M.L. Ernst, amigo de Houdini y abogado. Las memorias de Ernst revelan lo que sucedió aquella noche.
Mene, mene, tekel upharsin
Houdini fabricó lo que parecía una pizarra normal, de unos 45 centímetros de largo por 38 de alto. En dos esquinas de esta pizarra se habían practicado agujeros y a través se estos agujeros se habían pasado cables. Estos cables tenían varios pies (un pie equivale a unos 30cm) de longitud, y se habían unido ganchos a los otros extremos de los cables. Los únicos accesorios eran cuatro pequeñas bolas de corcho (de unos dos centímetros de diámetro), un tintero lleno de tinta blanca, y una cuchara de mesa.

Houdini pasó la pizarra a Sir Arthur para que la examinara. Se le pidió que suspendiera la pizarra en mitad de la sala, a través de los cables y ganchos, dejándola libre para balancearse, a varios pies de distancia de cualquier cosa. Para eliminar la posibilidad de conexiones eléctricas de cualquier tipo, se pidió a Sir Arthur que colgase los ganchos del lugar de la sala que quisiera. Colgó uno sobre el borde del marco de un cuadro, y el otro en un gran libro, en una estantería de la biblioteca de Houdini. La pizarra de esta forma podía balancearse libremente, en el centro de la sala, quedando soportada por los dos cables que pasaban a través de los agujeros en sus esquinas superiores. La pizarra fue inspeccionada y limpiada.
Houdini entonces invitó a Sir Arthur a examinar las cuatro bolas de corcho del platillo. Se le pidió que seleccionara la que quisiera, y, para demostrar que no estaban preparadas, a que las cortara en dos con su cuchillo, de esta forma verificando que eran simples bolas sólidas de corcho. Todo se hizo sin problemas. Otra bola fue seleccionada entonces, y, mediante la cuchara, se colocó en la tinta blanca, donde fue removida hasta que su superficie quedó igualmente cubierta con el líquido. Se dejó entonces en la tinta para que absorbiera tanto líquido como fuese posible. A petición de Houdini, Sir Arthur se llevó las otras bolas con él para examinarlas.
“¿Tiene un trozo de papel en su bolsillo y algo con lo que pueda escribir?”, preguntó Houdini a Doyle. Tenía un lápiz.
“Sir Arthur”, continuó Houdini, “quiero que vaya fuera de la casa, pasee a dónde guste, tan lejos como quiera y el cualquier dirección; entonces escriba una pregunta o frase en ese trozo de papel; póngalo de nuevo en su bolsillo y vuelva a la casa”.
Doyle obedeció, anduvo tres manzanas y giró una esquina antes de escribir sobre el papel. Cuando regresó, Houdini le invitó a tomar la cuchara y remover la bola de corcho, que había estado empapándose en tinta blanca, y luego tocar la bola con el lado izquierda de la pizarra. La bola quedó “pegada” allí, aparentemente por su propia voluntad. Lentamente comenzó a rodar por la superficie de la pizarra, dejando un rastro blanco conforme lo hacía. Conforme la bola rodaba, se vio que escribía las palabras: “Mene, mene, tekel upharsin”, las mismas palabras que Doyle había escrito. Los invitados quedaron sin habla.
Houdini se volvió hacia Doyle y dijo: “Sir Arthur, he dedicado una gran cantidad de tiempo e imaginación en esta ilusión; he estado trabajando en ella, una y otra vez, todo el invierno. No le voy a decir cómo la he realizado, pero puedo asegurarle que es un truco. Lo he realizado por medios perfectamente normales. He ideado esto para demostrarle lo que puede hacerse en estas líneas. Ahora, le ruego, Sir Arthur, no llegue a la conclusión de que ciertas cosas que no ve son necesariamente “sobrenaturales”, o realizadas por “espíritus”, simplemente porque no pueda explicarlas. Esta es una maravillosa demostración como ha podido ser testigo, dado que ha comprobado los elementos, y puedo asegurarle que lo he realizado mediando trucos y nada más. Tenga, por tanto, cuidado en el futuro, al asignar fenómenos simplemente porque no puede explicarlos. Le he ofrecido esta prueba para advertirle de la necesidad de cautela, y sinceramente, espero que saque beneficio de la misma”.
“Sir Arthur”, recuerda Ernst, “llegó a la conclusión de que Houdini en verdad logró esta hazaña mediante ayuda psíquica, y no se le pudo persuadir de otra cosa”. La reacción de Doyle, y el rechazo a considerarlo un truco incluso cuando fue admitido por el mago, era tan típica, apunta Houdini, que “es poco sorprendente que su creencia en el Espiritualismo sea tan implícita.”
El secreto de Berol
El secreto del truco permaneció como un misterio hasta que el mago e historiador Milbourne Christopher lo reveló en su libro Houdini, A Pictorial Life. “Ni Doyle ni Ernst”, escribió Christopher, “pudieron desvelar el misterio. Habrían quedado menos sorprendidos si hubiesen visto al amigo de Houdini, Max Berol, realizarlo en Vaudeville”. Berol lo había estado realizando durante años, tanto en Europa como en América, un acto en el que una bola manchada de tinta escribiría en una pizarra aislada las palabras gritadas por miembros de la audiencia:
“Berol hizo esto cambiando la bola de corcho sólido por una con un núcleo de hierro. Un imán en el extremo de una vara, manipulado por un ayudante oculto tras la pizarra, provocaba que la bola se adhiriera y se moviese aparentemente por su propia voluntad. Después de que Berol se retirase, Houdini compró el equipo. Un ayudante en la sala adyacente a la biblioteca de Houdini había abierto un pequeño panel en el muro y extendió una vara con un imán a través del mismo. La bola de la pizarra tenía un centro de hierro, por supuesto.
Ernst no había recordado que cuando Doyle volvió a la sala, después de haber escrito las palabras fuera, Houdini había hecho una comprobación para asegurarse de que el trozo de papel estaba en el que había escrito Doyle estaba doblado, entonces se lo devolvió inmediatamente a su amigo. Antes de hacer esto, el mago había intercambiado los papeles. Mientras Doyle estaba ocupado recuperando la bola del tintero y llevándola a la pizarra, Houdini leyó las palabras. Su conversación dio la indicación al ayudante oculto. Una vez que el mensaje estuvo escrito en la pizarra, Houdini pidió el papel a Doyle para verificar las palabras. Abrió el papel en blanco, simulando que leía las palabras del mismo, y luego volvió a cambiarlo por el original mientras retornaba el papel original a su amigo. Más tarde, Houdini explicó este proceso de intercambio durante unas charlas públicas sobre mediums fraudulentos”.

Fuente

Se Feliz.
La demostración imposible de Harry Houdini Magicus 4 noviembre 2008 1 Este es un interesantísimo artículo sobre una vieja anécdota entre Harry Houdini y el escritor creador de las historias de Sherlock Holmes. El solo hecho de entender en que año se dió esta situación, es suficiente para quedarse pensando un rato largo. Durante algunos años, el mago Harry Houdini y el escritor británico Sir Arthur Conan Doyle, creador de las historias de Sherlock Holmes, fueron amigos. Uno era un archi-escéptico (Houdini), mientras que el otro era un ferviente creyente del Espiritualismo (Doyle). Posiblemente esperando demostrar a Doyle lo fácil que era verse engañado por mediums, Houdini ofreció a su amigo una extraordinaria demostración, en su propia casa, en presencia de Bernard M.L. Ernst, amigo de Houdini y abogado. Las memorias de Ernst revelan lo que sucedió aquella noche. Mene, mene, tekel upharsin Houdini fabricó lo que parecía una pizarra normal, de unos 45 centímetros de largo por 38 de alto. En dos esquinas de esta pizarra se habían practicado agujeros y a través se estos agujeros se habían pasado cables. Estos cables tenían varios pies (un pie equivale a unos 30cm) de longitud, y se habían unido ganchos a los otros extremos de los cables. Los únicos accesorios eran cuatro pequeñas bolas de corcho (de unos dos centímetros de diámetro), un tintero lleno de tinta blanca, y una cuchara de mesa. Houdini pasó la pizarra a Sir Arthur para que la examinara. Se le pidió que suspendiera la pizarra en mitad de la sala, a través de los cables y ganchos, dejándola libre para balancearse, a varios pies de distancia de cualquier cosa. Para eliminar la posibilidad de conexiones eléctricas de cualquier tipo, se pidió a Sir Arthur que colgase los ganchos del lugar de la sala que quisiera. Colgó uno sobre el borde del marco de un cuadro, y el otro en un gran libro, en una estantería de la biblioteca de Houdini. La pizarra de esta forma podía balancearse libremente, en el centro de la sala, quedando soportada por los dos cables que pasaban a través de los agujeros en sus esquinas superiores. La pizarra fue inspeccionada y limpiada. Houdini entonces invitó a Sir Arthur a examinar las cuatro bolas de corcho del platillo. Se le pidió que seleccionara la que quisiera, y, para demostrar que no estaban preparadas, a que las cortara en dos con su cuchillo, de esta forma verificando que eran simples bolas sólidas de corcho. Todo se hizo sin problemas. Otra bola fue seleccionada entonces, y, mediante la cuchara, se colocó en la tinta blanca, donde fue removida hasta que su superficie quedó igualmente cubierta con el líquido. Se dejó entonces en la tinta para que absorbiera tanto líquido como fuese posible. A petición de Houdini, Sir Arthur se llevó las otras bolas con él para examinarlas. “¿Tiene un trozo de papel en su bolsillo y algo con lo que pueda escribir?”, preguntó Houdini a Doyle. Tenía un lápiz. “Sir Arthur”, continuó Houdini, “quiero que vaya fuera de la casa, pasee a dónde guste, tan lejos como quiera y el cualquier dirección; entonces escriba una pregunta o frase en ese trozo de papel; póngalo de nuevo en su bolsillo y vuelva a la casa”. Doyle obedeció, anduvo tres manzanas y giró una esquina antes de escribir sobre el papel. Cuando regresó, Houdini le invitó a tomar la cuchara y remover la bola de corcho, que había estado empapándose en tinta blanca, y luego tocar la bola con el lado izquierda de la pizarra. La bola quedó “pegada” allí, aparentemente por su propia voluntad. Lentamente comenzó a rodar por la superficie de la pizarra, dejando un rastro blanco conforme lo hacía. Conforme la bola rodaba, se vio que escribía las palabras: “Mene, mene, tekel upharsin”, las mismas palabras que Doyle había escrito. Los invitados quedaron sin habla. Houdini se volvió hacia Doyle y dijo: “Sir Arthur, he dedicado una gran cantidad de tiempo e imaginación en esta ilusión; he estado trabajando en ella, una y otra vez, todo el invierno. No le voy a decir cómo la he realizado, pero puedo asegurarle que es un truco. Lo he realizado por medios perfectamente normales. He ideado esto para demostrarle lo que puede hacerse en estas líneas. Ahora, le ruego, Sir Arthur, no llegue a la conclusión de que ciertas cosas que no ve son necesariamente “sobrenaturales”, o realizadas por “espíritus”, simplemente porque no pueda explicarlas. Esta es una maravillosa demostración como ha podido ser testigo, dado que ha comprobado los elementos, y puedo asegurarle que lo he realizado mediando trucos y nada más. Tenga, por tanto, cuidado en el futuro, al asignar fenómenos simplemente porque no puede explicarlos. Le he ofrecido esta prueba para advertirle de la necesidad de cautela, y sinceramente, espero que saque beneficio de la misma”. “Sir Arthur”, recuerda Ernst, “llegó a la conclusión de que Houdini en verdad logró esta hazaña mediante ayuda psíquica, y no se le pudo persuadir de otra cosa”. La reacción de Doyle, y el rechazo a considerarlo un truco incluso cuando fue admitido por el mago, era tan típica, apunta Houdini, que “es poco sorprendente que su creencia en el Espiritualismo sea tan implícita.” El secreto de Berol El secreto del truco permaneció como un misterio hasta que el mago e historiador Milbourne Christopher lo reveló en su libro Houdini, A Pictorial Life. “Ni Doyle ni Ernst”, escribió Christopher, “pudieron desvelar el misterio. Habrían quedado menos sorprendidos si hubiesen visto al amigo de Houdini, Max Berol, realizarlo en Vaudeville”. Berol lo había estado realizando durante años, tanto en Europa como en América, un acto en el que una bola manchada de tinta escribiría en una pizarra aislada las palabras gritadas por miembros de la audiencia: “Berol hizo esto cambiando la bola de corcho sólido por una con un núcleo de hierro. Un imán en el extremo de una vara, manipulado por un ayudante oculto tras la pizarra, provocaba que la bola se adhiriera y se moviese aparentemente por su propia voluntad. Después de que Berol se retirase, Houdini compró el equipo. Un ayudante en la sala adyacente a la biblioteca de Houdini había abierto un pequeño panel en el muro y extendió una vara con un imán a través del mismo. La bola de la pizarra tenía un centro de hierro, por supuesto. Ernst no había recordado que cuando Doyle volvió a la sala, después de haber escrito las palabras fuera, Houdini había hecho una comprobación para asegurarse de que el trozo de papel estaba en el que había escrito Doyle estaba doblado, entonces se lo devolvió inmediatamente a su amigo. Antes de hacer esto, el mago había intercambiado los papeles. Mientras Doyle estaba ocupado recuperando la bola del tintero y llevándola a la pizarra, Houdini leyó las palabras. Su conversación dio la indicación al ayudante oculto. Una vez que el mensaje estuvo escrito en la pizarra, Houdini pidió el papel a Doyle para verificar las palabras. Abrió el papel en blanco, simulando que leía las palabras del mismo, y luego volvió a cambiarlo por el original mientras retornaba el papel original a su amigo. Más tarde, Houdini explicó este proceso de intercambio durante unas charlas públicas sobre mediums fraudulentos”.

Puedes ver el artículo original en Portal de Magia: La demostración imposible de Harry Houdini http://www.portaldemagia.net/la-demostracion-imposible-de-houdini/
La demostración imposible de Harry Houdini Magicus 4 noviembre 2008 1 Este es un interesantísimo artículo sobre una vieja anécdota entre Harry Houdini y el escritor creador de las historias de Sherlock Holmes. El solo hecho de entender en que año se dió esta situación, es suficiente para quedarse pensando un rato largo. Durante algunos años, el mago Harry Houdini y el escritor británico Sir Arthur Conan Doyle, creador de las historias de Sherlock Holmes, fueron amigos. Uno era un archi-escéptico (Houdini), mientras que el otro era un ferviente creyente del Espiritualismo (Doyle). Posiblemente esperando demostrar a Doyle lo fácil que era verse engañado por mediums, Houdini ofreció a su amigo una extraordinaria demostración, en su propia casa, en presencia de Bernard M.L. Ernst, amigo de Houdini y abogado. Las memorias de Ernst revelan lo que sucedió aquella noche. Mene, mene, tekel upharsin Houdini fabricó lo que parecía una pizarra normal, de unos 45 centímetros de largo por 38 de alto. En dos esquinas de esta pizarra se habían practicado agujeros y a través se estos agujeros se habían pasado cables. Estos cables tenían varios pies (un pie equivale a unos 30cm) de longitud, y se habían unido ganchos a los otros extremos de los cables. Los únicos accesorios eran cuatro pequeñas bolas de corcho (de unos dos centímetros de diámetro), un tintero lleno de tinta blanca, y una cuchara de mesa. Houdini pasó la pizarra a Sir Arthur para que la examinara. Se le pidió que suspendiera la pizarra en mitad de la sala, a través de los cables y ganchos, dejándola libre para balancearse, a varios pies de distancia de cualquier cosa. Para eliminar la posibilidad de conexiones eléctricas de cualquier tipo, se pidió a Sir Arthur que colgase los ganchos del lugar de la sala que quisiera. Colgó uno sobre el borde del marco de un cuadro, y el otro en un gran libro, en una estantería de la biblioteca de Houdini. La pizarra de esta forma podía balancearse libremente, en el centro de la sala, quedando soportada por los dos cables que pasaban a través de los agujeros en sus esquinas superiores. La pizarra fue inspeccionada y limpiada. Houdini entonces invitó a Sir Arthur a examinar las cuatro bolas de corcho del platillo. Se le pidió que seleccionara la que quisiera, y, para demostrar que no estaban preparadas, a que las cortara en dos con su cuchillo, de esta forma verificando que eran simples bolas sólidas de corcho. Todo se hizo sin problemas. Otra bola fue seleccionada entonces, y, mediante la cuchara, se colocó en la tinta blanca, donde fue removida hasta que su superficie quedó igualmente cubierta con el líquido. Se dejó entonces en la tinta para que absorbiera tanto líquido como fuese posible. A petición de Houdini, Sir Arthur se llevó las otras bolas con él para examinarlas. “¿Tiene un trozo de papel en su bolsillo y algo con lo que pueda escribir?”, preguntó Houdini a Doyle. Tenía un lápiz. “Sir Arthur”, continuó Houdini, “quiero que vaya fuera de la casa, pasee a dónde guste, tan lejos como quiera y el cualquier dirección; entonces escriba una pregunta o frase en ese trozo de papel; póngalo de nuevo en su bolsillo y vuelva a la casa”. Doyle obedeció, anduvo tres manzanas y giró una esquina antes de escribir sobre el papel. Cuando regresó, Houdini le invitó a tomar la cuchara y remover la bola de corcho, que había estado empapándose en tinta blanca, y luego tocar la bola con el lado izquierda de la pizarra. La bola quedó “pegada” allí, aparentemente por su propia voluntad. Lentamente comenzó a rodar por la superficie de la pizarra, dejando un rastro blanco conforme lo hacía. Conforme la bola rodaba, se vio que escribía las palabras: “Mene, mene, tekel upharsin”, las mismas palabras que Doyle había escrito. Los invitados quedaron sin habla. Houdini se volvió hacia Doyle y dijo: “Sir Arthur, he dedicado una gran cantidad de tiempo e imaginación en esta ilusión; he estado trabajando en ella, una y otra vez, todo el invierno. No le voy a decir cómo la he realizado, pero puedo asegurarle que es un truco. Lo he realizado por medios perfectamente normales. He ideado esto para demostrarle lo que puede hacerse en estas líneas. Ahora, le ruego, Sir Arthur, no llegue a la conclusión de que ciertas cosas que no ve son necesariamente “sobrenaturales”, o realizadas por “espíritus”, simplemente porque no pueda explicarlas. Esta es una maravillosa demostración como ha podido ser testigo, dado que ha comprobado los elementos, y puedo asegurarle que lo he realizado mediando trucos y nada más. Tenga, por tanto, cuidado en el futuro, al asignar fenómenos simplemente porque no puede explicarlos. Le he ofrecido esta prueba para advertirle de la necesidad de cautela, y sinceramente, espero que saque beneficio de la misma”. “Sir Arthur”, recuerda Ernst, “llegó a la conclusión de que Houdini en verdad logró esta hazaña mediante ayuda psíquica, y no se le pudo persuadir de otra cosa”. La reacción de Doyle, y el rechazo a considerarlo un truco incluso cuando fue admitido por el mago, era tan típica, apunta Houdini, que “es poco sorprendente que su creencia en el Espiritualismo sea tan implícita.” El secreto de Berol El secreto del truco permaneció como un misterio hasta que el mago e historiador Milbourne Christopher lo reveló en su libro Houdini, A Pictorial Life. “Ni Doyle ni Ernst”, escribió Christopher, “pudieron desvelar el misterio. Habrían quedado menos sorprendidos si hubiesen visto al amigo de Houdini, Max Berol, realizarlo en Vaudeville”. Berol lo había estado realizando durante años, tanto en Europa como en América, un acto en el que una bola manchada de tinta escribiría en una pizarra aislada las palabras gritadas por miembros de la audiencia: “Berol hizo esto cambiando la bola de corcho sólido por una con un núcleo de hierro. Un imán en el extremo de una vara, manipulado por un ayudante oculto tras la pizarra, provocaba que la bola se adhiriera y se moviese aparentemente por su propia voluntad. Después de que Berol se retirase, Houdini compró el equipo. Un ayudante en la sala adyacente a la biblioteca de Houdini había abierto un pequeño panel en el muro y extendió una vara con un imán a través del mismo. La bola de la pizarra tenía un centro de hierro, por supuesto. Ernst no había recordado que cuando Doyle volvió a la sala, después de haber escrito las palabras fuera, Houdini había hecho una comprobación para asegurarse de que el trozo de papel estaba en el que había escrito Doyle estaba doblado, entonces se lo devolvió inmediatamente a su amigo. Antes de hacer esto, el mago había intercambiado los papeles. Mientras Doyle estaba ocupado recuperando la bola del tintero y llevándola a la pizarra, Houdini leyó las palabras. Su conversación dio la indicación al ayudante oculto. Una vez que el mensaje estuvo escrito en la pizarra, Houdini pidió el papel a Doyle para verificar las palabras. Abrió el papel en blanco, simulando que leía las palabras del mismo, y luego volvió a cambiarlo por el original mientras retornaba el papel original a su amigo. Más tarde, Houdini explicó este proceso de intercambio durante unas charlas públicas sobre mediums fraudulentos”.

Puedes ver el artículo original en Portal de Magia: La demostración imposible de Harry Houdini http://www.portaldemagia.net/la-demostracion-imposible-de-houdini/
La demostración imposible de Harry Houdini Magicus 4 noviembre 2008 1 Este es un interesantísimo artículo sobre una vieja anécdota entre Harry Houdini y el escritor creador de las historias de Sherlock Holmes. El solo hecho de entender en que año se dió esta situación, es suficiente para quedarse pensando un rato largo. Durante algunos años, el mago Harry Houdini y el escritor británico Sir Arthur Conan Doyle, creador de las historias de Sherlock Holmes, fueron amigos. Uno era un archi-escéptico (Houdini), mientras que el otro era un ferviente creyente del Espiritualismo (Doyle). Posiblemente esperando demostrar a Doyle lo fácil que era verse engañado por mediums, Houdini ofreció a su amigo una extraordinaria demostración, en su propia casa, en presencia de Bernard M.L. Ernst, amigo de Houdini y abogado. Las memorias de Ernst revelan lo que sucedió aquella noche. Mene, mene, tekel upharsin Houdini fabricó lo que parecía una pizarra normal, de unos 45 centímetros de largo por 38 de alto. En dos esquinas de esta pizarra se habían practicado agujeros y a través se estos agujeros se habían pasado cables. Estos cables tenían varios pies (un pie equivale a unos 30cm) de longitud, y se habían unido ganchos a los otros extremos de los cables. Los únicos accesorios eran cuatro pequeñas bolas de corcho (de unos dos centímetros de diámetro), un tintero lleno de tinta blanca, y una cuchara de mesa. Houdini pasó la pizarra a Sir Arthur para que la examinara. Se le pidió que suspendiera la pizarra en mitad de la sala, a través de los cables y ganchos, dejándola libre para balancearse, a varios pies de distancia de cualquier cosa. Para eliminar la posibilidad de conexiones eléctricas de cualquier tipo, se pidió a Sir Arthur que colgase los ganchos del lugar de la sala que quisiera. Colgó uno sobre el borde del marco de un cuadro, y el otro en un gran libro, en una estantería de la biblioteca de Houdini. La pizarra de esta forma podía balancearse libremente, en el centro de la sala, quedando soportada por los dos cables que pasaban a través de los agujeros en sus esquinas superiores. La pizarra fue inspeccionada y limpiada. Houdini entonces invitó a Sir Arthur a examinar las cuatro bolas de corcho del platillo. Se le pidió que seleccionara la que quisiera, y, para demostrar que no estaban preparadas, a que las cortara en dos con su cuchillo, de esta forma verificando que eran simples bolas sólidas de corcho. Todo se hizo sin problemas. Otra bola fue seleccionada entonces, y, mediante la cuchara, se colocó en la tinta blanca, donde fue removida hasta que su superficie quedó igualmente cubierta con el líquido. Se dejó entonces en la tinta para que absorbiera tanto líquido como fuese posible. A petición de Houdini, Sir Arthur se llevó las otras bolas con él para examinarlas. “¿Tiene un trozo de papel en su bolsillo y algo con lo que pueda escribir?”, preguntó Houdini a Doyle. Tenía un lápiz. “Sir Arthur”, continuó Houdini, “quiero que vaya fuera de la casa, pasee a dónde guste, tan lejos como quiera y el cualquier dirección; entonces escriba una pregunta o frase en ese trozo de papel; póngalo de nuevo en su bolsillo y vuelva a la casa”. Doyle obedeció, anduvo tres manzanas y giró una esquina antes de escribir sobre el papel. Cuando regresó, Houdini le invitó a tomar la cuchara y remover la bola de corcho, que había estado empapándose en tinta blanca, y luego tocar la bola con el lado izquierda de la pizarra. La bola quedó “pegada” allí, aparentemente por su propia voluntad. Lentamente comenzó a rodar por la superficie de la pizarra, dejando un rastro blanco conforme lo hacía. Conforme la bola rodaba, se vio que escribía las palabras: “Mene, mene, tekel upharsin”, las mismas palabras que Doyle había escrito. Los invitados quedaron sin habla. Houdini se volvió hacia Doyle y dijo: “Sir Arthur, he dedicado una gran cantidad de tiempo e imaginación en esta ilusión; he estado trabajando en ella, una y otra vez, todo el invierno. No le voy a decir cómo la he realizado, pero puedo asegurarle que es un truco. Lo he realizado por medios perfectamente normales. He ideado esto para demostrarle lo que puede hacerse en estas líneas. Ahora, le ruego, Sir Arthur, no llegue a la conclusión de que ciertas cosas que no ve son necesariamente “sobrenaturales”, o realizadas por “espíritus”, simplemente porque no pueda explicarlas. Esta es una maravillosa demostración como ha podido ser testigo, dado que ha comprobado los elementos, y puedo asegurarle que lo he realizado mediando trucos y nada más. Tenga, por tanto, cuidado en el futuro, al asignar fenómenos simplemente porque no puede explicarlos. Le he ofrecido esta prueba para advertirle de la necesidad de cautela, y sinceramente, espero que saque beneficio de la misma”. “Sir Arthur”, recuerda Ernst, “llegó a la conclusión de que Houdini en verdad logró esta hazaña mediante ayuda psíquica, y no se le pudo persuadir de otra cosa”. La reacción de Doyle, y el rechazo a considerarlo un truco incluso cuando fue admitido por el mago, era tan típica, apunta Houdini, que “es poco sorprendente que su creencia en el Espiritualismo sea tan implícita.” El secreto de Berol El secreto del truco permaneció como un misterio hasta que el mago e historiador Milbourne Christopher lo reveló en su libro Houdini, A Pictorial Life. “Ni Doyle ni Ernst”, escribió Christopher, “pudieron desvelar el misterio. Habrían quedado menos sorprendidos si hubiesen visto al amigo de Houdini, Max Berol, realizarlo en Vaudeville”. Berol lo había estado realizando durante años, tanto en Europa como en América, un acto en el que una bola manchada de tinta escribiría en una pizarra aislada las palabras gritadas por miembros de la audiencia: “Berol hizo esto cambiando la bola de corcho sólido por una con un núcleo de hierro. Un imán en el extremo de una vara, manipulado por un ayudante oculto tras la pizarra, provocaba que la bola se adhiriera y se moviese aparentemente por su propia voluntad. Después de que Berol se retirase, Houdini compró el equipo. Un ayudante en la sala adyacente a la biblioteca de Houdini había abierto un pequeño panel en el muro y extendió una vara con un imán a través del mismo. La bola de la pizarra tenía un centro de hierro, por supuesto. Ernst no había recordado que cuando Doyle volvió a la sala, después de haber escrito las palabras fuera, Houdini había hecho una comprobación para asegurarse de que el trozo de papel estaba en el que había escrito Doyle estaba doblado, entonces se lo devolvió inmediatamente a su amigo. Antes de hacer esto, el mago había intercambiado los papeles. Mientras Doyle estaba ocupado recuperando la bola del tintero y llevándola a la pizarra, Houdini leyó las palabras. Su conversación dio la indicación al ayudante oculto. Una vez que el mensaje estuvo escrito en la pizarra, Houdini pidió el papel a Doyle para verificar las palabras. Abrió el papel en blanco, simulando que leía las palabras del mismo, y luego volvió a cambiarlo por el original mientras retornaba el papel original a su amigo. Más tarde, Houdini explicó este proceso de intercambio durante unas charlas públicas sobre mediums fraudulentos”.

Puedes ver el artículo original en Portal de Magia: La demostración imposible de Harry Houdini http://www.portaldemagia.net/la-demostracion-imposible-de-houdini/
La demostración imposible de Harry Houdini Magicus 4 noviembre 2008 1 Este es un interesantísimo artículo sobre una vieja anécdota entre Harry Houdini y el escritor creador de las historias de Sherlock Holmes. El solo hecho de entender en que año se dió esta situación, es suficiente para quedarse pensando un rato largo. Durante algunos años, el mago Harry Houdini y el escritor británico Sir Arthur Conan Doyle, creador de las historias de Sherlock Holmes, fueron amigos. Uno era un archi-escéptico (Houdini), mientras que el otro era un ferviente creyente del Espiritualismo (Doyle). Posiblemente esperando demostrar a Doyle lo fácil que era verse engañado por mediums, Houdini ofreció a su amigo una extraordinaria demostración, en su propia casa, en presencia de Bernard M.L. Ernst, amigo de Houdini y abogado. Las memorias de Ernst revelan lo que sucedió aquella noche. Mene, mene, tekel upharsin Houdini fabricó lo que parecía una pizarra normal, de unos 45 centímetros de largo por 38 de alto. En dos esquinas de esta pizarra se habían practicado agujeros y a través se estos agujeros se habían pasado cables. Estos cables tenían varios pies (un pie equivale a unos 30cm) de longitud, y se habían unido ganchos a los otros extremos de los cables. Los únicos accesorios eran cuatro pequeñas bolas de corcho (de unos dos centímetros de diámetro), un tintero lleno de tinta blanca, y una cuchara de mesa. Houdini pasó la pizarra a Sir Arthur para que la examinara. Se le pidió que suspendiera la pizarra en mitad de la sala, a través de los cables y ganchos, dejándola libre para balancearse, a varios pies de distancia de cualquier cosa. Para eliminar la posibilidad de conexiones eléctricas de cualquier tipo, se pidió a Sir Arthur que colgase los ganchos del lugar de la sala que quisiera. Colgó uno sobre el borde del marco de un cuadro, y el otro en un gran libro, en una estantería de la biblioteca de Houdini. La pizarra de esta forma podía balancearse libremente, en el centro de la sala, quedando soportada por los dos cables que pasaban a través de los agujeros en sus esquinas superiores. La pizarra fue inspeccionada y limpiada. Houdini entonces invitó a Sir Arthur a examinar las cuatro bolas de corcho del platillo. Se le pidió que seleccionara la que quisiera, y, para demostrar que no estaban preparadas, a que las cortara en dos con su cuchillo, de esta forma verificando que eran simples bolas sólidas de corcho. Todo se hizo sin problemas. Otra bola fue seleccionada entonces, y, mediante la cuchara, se colocó en la tinta blanca, donde fue removida hasta que su superficie quedó igualmente cubierta con el líquido. Se dejó entonces en la tinta para que absorbiera tanto líquido como fuese posible. A petición de Houdini, Sir Arthur se llevó las otras bolas con él para examinarlas. “¿Tiene un trozo de papel en su bolsillo y algo con lo que pueda escribir?”, preguntó Houdini a Doyle. Tenía un lápiz. “Sir Arthur”, continuó Houdini, “quiero que vaya fuera de la casa, pasee a dónde guste, tan lejos como quiera y el cualquier dirección; entonces escriba una pregunta o frase en ese trozo de papel; póngalo de nuevo en su bolsillo y vuelva a la casa”. Doyle obedeció, anduvo tres manzanas y giró una esquina antes de escribir sobre el papel. Cuando regresó, Houdini le invitó a tomar la cuchara y remover la bola de corcho, que había estado empapándose en tinta blanca, y luego tocar la bola con el lado izquierda de la pizarra. La bola quedó “pegada” allí, aparentemente por su propia voluntad. Lentamente comenzó a rodar por la superficie de la pizarra, dejando un rastro blanco conforme lo hacía. Conforme la bola rodaba, se vio que escribía las palabras: “Mene, mene, tekel upharsin”, las mismas palabras que Doyle había escrito. Los invitados quedaron sin habla. Houdini se volvió hacia Doyle y dijo: “Sir Arthur, he dedicado una gran cantidad de tiempo e imaginación en esta ilusión; he estado trabajando en ella, una y otra vez, todo el invierno. No le voy a decir cómo la he realizado, pero puedo asegurarle que es un truco. Lo he realizado por medios perfectamente normales. He ideado esto para demostrarle lo que puede hacerse en estas líneas. Ahora, le ruego, Sir Arthur, no llegue a la conclusión de que ciertas cosas que no ve son necesariamente “sobrenaturales”, o realizadas por “espíritus”, simplemente porque no pueda explicarlas. Esta es una maravillosa demostración como ha podido ser testigo, dado que ha comprobado los elementos, y puedo asegurarle que lo he realizado mediando trucos y nada más. Tenga, por tanto, cuidado en el futuro, al asignar fenómenos simplemente porque no puede explicarlos. Le he ofrecido esta prueba para advertirle de la necesidad de cautela, y sinceramente, espero que saque beneficio de la misma”. “Sir Arthur”, recuerda Ernst, “llegó a la conclusión de que Houdini en verdad logró esta hazaña mediante ayuda psíquica, y no se le pudo persuadir de otra cosa”. La reacción de Doyle, y el rechazo a considerarlo un truco incluso cuando fue admitido por el mago, era tan típica, apunta Houdini, que “es poco sorprendente que su creencia en el Espiritualismo sea tan implícita.” El secreto de Berol El secreto del truco permaneció como un misterio hasta que el mago e historiador Milbourne Christopher lo reveló en su libro Houdini, A Pictorial Life. “Ni Doyle ni Ernst”, escribió Christopher, “pudieron desvelar el misterio. Habrían quedado menos sorprendidos si hubiesen visto al amigo de Houdini, Max Berol, realizarlo en Vaudeville”. Berol lo había estado realizando durante años, tanto en Europa como en América, un acto en el que una bola manchada de tinta escribiría en una pizarra aislada las palabras gritadas por miembros de la audiencia: “Berol hizo esto cambiando la bola de corcho sólido por una con un núcleo de hierro. Un imán en el extremo de una vara, manipulado por un ayudante oculto tras la pizarra, provocaba que la bola se adhiriera y se moviese aparentemente por su propia voluntad. Después de que Berol se retirase, Houdini compró el equipo. Un ayudante en la sala adyacente a la biblioteca de Houdini había abierto un pequeño panel en el muro y extendió una vara con un imán a través del mismo. La bola de la pizarra tenía un centro de hierro, por supuesto. Ernst no había recordado que cuando Doyle volvió a la sala, después de haber escrito las palabras fuera, Houdini había hecho una comprobación para asegurarse de que el trozo de papel estaba en el que había escrito Doyle estaba doblado, entonces se lo devolvió inmediatamente a su amigo. Antes de hacer esto, el mago había intercambiado los papeles. Mientras Doyle estaba ocupado recuperando la bola del tintero y llevándola a la pizarra, Houdini leyó las palabras. Su conversación dio la indicación al ayudante oculto. Una vez que el mensaje estuvo escrito en la pizarra, Houdini pidió el papel a Doyle para verificar las palabras. Abrió el papel en blanco, simulando que leía las palabras del mismo, y luego volvió a cambiarlo por el original mientras retornaba el papel original a su amigo. Más tarde, Houdini explicó este proceso de intercambio durante unas charlas públicas sobre mediums fraudulentos”.

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La demostración imposible de Harry Houdini Magicus 4 noviembre 2008 1 Este es un interesantísimo artículo sobre una vieja anécdota entre Harry Houdini y el escritor creador de las historias de Sherlock Holmes. El solo hecho de entender en que año se dió esta situación, es suficiente para quedarse pensando un rato largo. Durante algunos años, el mago Harry Houdini y el escritor británico Sir Arthur Conan Doyle, creador de las historias de Sherlock Holmes, fueron amigos. Uno era un archi-escéptico (Houdini), mientras que el otro era un ferviente creyente del Espiritualismo (Doyle). Posiblemente esperando demostrar a Doyle lo fácil que era verse engañado por mediums, Houdini ofreció a su amigo una extraordinaria demostración, en su propia casa, en presencia de Bernard M.L. Ernst, amigo de Houdini y abogado. Las memorias de Ernst revelan lo que sucedió aquella noche. Mene, mene, tekel upharsin Houdini fabricó lo que parecía una pizarra normal, de unos 45 centímetros de largo por 38 de alto. En dos esquinas de esta pizarra se habían practicado agujeros y a través se estos agujeros se habían pasado cables. Estos cables tenían varios pies (un pie equivale a unos 30cm) de longitud, y se habían unido ganchos a los otros extremos de los cables. Los únicos accesorios eran cuatro pequeñas bolas de corcho (de unos dos centímetros de diámetro), un tintero lleno de tinta blanca, y una cuchara de mesa. Houdini pasó la pizarra a Sir Arthur para que la examinara. Se le pidió que suspendiera la pizarra en mitad de la sala, a través de los cables y ganchos, dejándola libre para balancearse, a varios pies de distancia de cualquier cosa. Para eliminar la posibilidad de conexiones eléctricas de cualquier tipo, se pidió a Sir Arthur que colgase los ganchos del lugar de la sala que quisiera. Colgó uno sobre el borde del marco de un cuadro, y el otro en un gran libro, en una estantería de la biblioteca de Houdini. La pizarra de esta forma podía balancearse libremente, en el centro de la sala, quedando soportada por los dos cables que pasaban a través de los agujeros en sus esquinas superiores. La pizarra fue inspeccionada y limpiada. Houdini entonces invitó a Sir Arthur a examinar las cuatro bolas de corcho del platillo. Se le pidió que seleccionara la que quisiera, y, para demostrar que no estaban preparadas, a que las cortara en dos con su cuchillo, de esta forma verificando que eran simples bolas sólidas de corcho. Todo se hizo sin problemas. Otra bola fue seleccionada entonces, y, mediante la cuchara, se colocó en la tinta blanca, donde fue removida hasta que su superficie quedó igualmente cubierta con el líquido. Se dejó entonces en la tinta para que absorbiera tanto líquido como fuese posible. A petición de Houdini, Sir Arthur se llevó las otras bolas con él para examinarlas. “¿Tiene un trozo de papel en su bolsillo y algo con lo que pueda escribir?”, preguntó Houdini a Doyle. Tenía un lápiz. “Sir Arthur”, continuó Houdini, “quiero que vaya fuera de la casa, pasee a dónde guste, tan lejos como quiera y el cualquier dirección; entonces escriba una pregunta o frase en ese trozo de papel; póngalo de nuevo en su bolsillo y vuelva a la casa”. Doyle obedeció, anduvo tres manzanas y giró una esquina antes de escribir sobre el papel. Cuando regresó, Houdini le invitó a tomar la cuchara y remover la bola de corcho, que había estado empapándose en tinta blanca, y luego tocar la bola con el lado izquierda de la pizarra. La bola quedó “pegada” allí, aparentemente por su propia voluntad. Lentamente comenzó a rodar por la superficie de la pizarra, dejando un rastro blanco conforme lo hacía. Conforme la bola rodaba, se vio que escribía las palabras: “Mene, mene, tekel upharsin”, las mismas palabras que Doyle había escrito. Los invitados quedaron sin habla. Houdini se volvió hacia Doyle y dijo: “Sir Arthur, he dedicado una gran cantidad de tiempo e imaginación en esta ilusión; he estado trabajando en ella, una y otra vez, todo el invierno. No le voy a decir cómo la he realizado, pero puedo asegurarle que es un truco. Lo he realizado por medios perfectamente normales. He ideado esto para demostrarle lo que puede hacerse en estas líneas. Ahora, le ruego, Sir Arthur, no llegue a la conclusión de que ciertas cosas que no ve son necesariamente “sobrenaturales”, o realizadas por “espíritus”, simplemente porque no pueda explicarlas. Esta es una maravillosa demostración como ha podido ser testigo, dado que ha comprobado los elementos, y puedo asegurarle que lo he realizado mediando trucos y nada más. Tenga, por tanto, cuidado en el futuro, al asignar fenómenos simplemente porque no puede explicarlos. Le he ofrecido esta prueba para advertirle de la necesidad de cautela, y sinceramente, espero que saque beneficio de la misma”. “Sir Arthur”, recuerda Ernst, “llegó a la conclusión de que Houdini en verdad logró esta hazaña mediante ayuda psíquica, y no se le pudo persuadir de otra cosa”. La reacción de Doyle, y el rechazo a considerarlo un truco incluso cuando fue admitido por el mago, era tan típica, apunta Houdini, que “es poco sorprendente que su creencia en el Espiritualismo sea tan implícita.” El secreto de Berol El secreto del truco permaneció como un misterio hasta que el mago e historiador Milbourne Christopher lo reveló en su libro Houdini, A Pictorial Life. “Ni Doyle ni Ernst”, escribió Christopher, “pudieron desvelar el misterio. Habrían quedado menos sorprendidos si hubiesen visto al amigo de Houdini, Max Berol, realizarlo en Vaudeville”. Berol lo había estado realizando durante años, tanto en Europa como en América, un acto en el que una bola manchada de tinta escribiría en una pizarra aislada las palabras gritadas por miembros de la audiencia: “Berol hizo esto cambiando la bola de corcho sólido por una con un núcleo de hierro. Un imán en el extremo de una vara, manipulado por un ayudante oculto tras la pizarra, provocaba que la bola se adhiriera y se moviese aparentemente por su propia voluntad. Después de que Berol se retirase, Houdini compró el equipo. Un ayudante en la sala adyacente a la biblioteca de Houdini había abierto un pequeño panel en el muro y extendió una vara con un imán a través del mismo. La bola de la pizarra tenía un centro de hierro, por supuesto. Ernst no había recordado que cuando Doyle volvió a la sala, después de haber escrito las palabras fuera, Houdini había hecho una comprobación para asegurarse de que el trozo de papel estaba en el que había escrito Doyle estaba doblado, entonces se lo devolvió inmediatamente a su amigo. Antes de hacer esto, el mago había intercambiado los papeles. Mientras Doyle estaba ocupado recuperando la bola del tintero y llevándola a la pizarra, Houdini leyó las palabras. Su conversación dio la indicación al ayudante oculto. Una vez que el mensaje estuvo escrito en la pizarra, Houdini pidió el papel a Doyle para verificar las palabras. Abrió el papel en blanco, simulando que leía las palabras del mismo, y luego volvió a cambiarlo por el original mientras retornaba el papel original a su amigo. Más tarde, Houdini explicó este proceso de intercambio durante unas charlas públicas sobre mediums fraudulentos”.

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La demostración imposible de Harry Houdini Magicus 4 noviembre 2008 1 Este es un interesantísimo artículo sobre una vieja anécdota entre Harry Houdini y el escritor creador de las historias de Sherlock Holmes. El solo hecho de entender en que año se dió esta situación, es suficiente para quedarse pensando un rato largo. Durante algunos años, el mago Harry Houdini y el escritor británico Sir Arthur Conan Doyle, creador de las historias de Sherlock Holmes, fueron amigos. Uno era un archi-escéptico (Houdini), mientras que el otro era un ferviente creyente del Espiritualismo (Doyle). Posiblemente esperando demostrar a Doyle lo fácil que era verse engañado por mediums, Houdini ofreció a su amigo una extraordinaria demostración, en su propia casa, en presencia de Bernard M.L. Ernst, amigo de Houdini y abogado. Las memorias de Ernst revelan lo que sucedió aquella noche. Mene, mene, tekel upharsin Houdini fabricó lo que parecía una pizarra normal, de unos 45 centímetros de largo por 38 de alto. En dos esquinas de esta pizarra se habían practicado agujeros y a través se estos agujeros se habían pasado cables. Estos cables tenían varios pies (un pie equivale a unos 30cm) de longitud, y se habían unido ganchos a los otros extremos de los cables. Los únicos accesorios eran cuatro pequeñas bolas de corcho (de unos dos centímetros de diámetro), un tintero lleno de tinta blanca, y una cuchara de mesa. Houdini pasó la pizarra a Sir Arthur para que la examinara. Se le pidió que suspendiera la pizarra en mitad de la sala, a través de los cables y ganchos, dejándola libre para balancearse, a varios pies de distancia de cualquier cosa. Para eliminar la posibilidad de conexiones eléctricas de cualquier tipo, se pidió a Sir Arthur que colgase los ganchos del lugar de la sala que quisiera. Colgó uno sobre el borde del marco de un cuadro, y el otro en un gran libro, en una estantería de la biblioteca de Houdini. La pizarra de esta forma podía balancearse libremente, en el centro de la sala, quedando soportada por los dos cables que pasaban a través de los agujeros en sus esquinas superiores. La pizarra fue inspeccionada y limpiada. Houdini entonces invitó a Sir Arthur a examinar las cuatro bolas de corcho del platillo. Se le pidió que seleccionara la que quisiera, y, para demostrar que no estaban preparadas, a que las cortara en dos con su cuchillo, de esta forma verificando que eran simples bolas sólidas de corcho. Todo se hizo sin problemas. Otra bola fue seleccionada entonces, y, mediante la cuchara, se colocó en la tinta blanca, donde fue removida hasta que su superficie quedó igualmente cubierta con el líquido. Se dejó entonces en la tinta para que absorbiera tanto líquido como fuese posible. A petición de Houdini, Sir Arthur se llevó las otras bolas con él para examinarlas. “¿Tiene un trozo de papel en su bolsillo y algo con lo que pueda escribir?”, preguntó Houdini a Doyle. Tenía un lápiz. “Sir Arthur”, continuó Houdini, “quiero que vaya fuera de la casa, pasee a dónde guste, tan lejos como quiera y el cualquier dirección; entonces escriba una pregunta o frase en ese trozo de papel; póngalo de nuevo en su bolsillo y vuelva a la casa”. Doyle obedeció, anduvo tres manzanas y giró una esquina antes de escribir sobre el papel. Cuando regresó, Houdini le invitó a tomar la cuchara y remover la bola de corcho, que había estado empapándose en tinta blanca, y luego tocar la bola con el lado izquierda de la pizarra. La bola quedó “pegada” allí, aparentemente por su propia voluntad. Lentamente comenzó a rodar por la superficie de la pizarra, dejando un rastro blanco conforme lo hacía. Conforme la bola rodaba, se vio que escribía las palabras: “Mene, mene, tekel upharsin”, las mismas palabras que Doyle había escrito. Los invitados quedaron sin habla. Houdini se volvió hacia Doyle y dijo: “Sir Arthur, he dedicado una gran cantidad de tiempo e imaginación en esta ilusión; he estado trabajando en ella, una y otra vez, todo el invierno. No le voy a decir cómo la he realizado, pero puedo asegurarle que es un truco. Lo he realizado por medios perfectamente normales. He ideado esto para demostrarle lo que puede hacerse en estas líneas. Ahora, le ruego, Sir Arthur, no llegue a la conclusión de que ciertas cosas que no ve son necesariamente “sobrenaturales”, o realizadas por “espíritus”, simplemente porque no pueda explicarlas. Esta es una maravillosa demostración como ha podido ser testigo, dado que ha comprobado los elementos, y puedo asegurarle que lo he realizado mediando trucos y nada más. Tenga, por tanto, cuidado en el futuro, al asignar fenómenos simplemente porque no puede explicarlos. Le he ofrecido esta prueba para advertirle de la necesidad de cautela, y sinceramente, espero que saque beneficio de la misma”. “Sir Arthur”, recuerda Ernst, “llegó a la conclusión de que Houdini en verdad logró esta hazaña mediante ayuda psíquica, y no se le pudo persuadir de otra cosa”. La reacción de Doyle, y el rechazo a considerarlo un truco incluso cuando fue admitido por el mago, era tan típica, apunta Houdini, que “es poco sorprendente que su creencia en el Espiritualismo sea tan implícita.” El secreto de Berol El secreto del truco permaneció como un misterio hasta que el mago e historiador Milbourne Christopher lo reveló en su libro Houdini, A Pictorial Life. “Ni Doyle ni Ernst”, escribió Christopher, “pudieron desvelar el misterio. Habrían quedado menos sorprendidos si hubiesen visto al amigo de Houdini, Max Berol, realizarlo en Vaudeville”. Berol lo había estado realizando durante años, tanto en Europa como en América, un acto en el que una bola manchada de tinta escribiría en una pizarra aislada las palabras gritadas por miembros de la audiencia: “Berol hizo esto cambiando la bola de corcho sólido por una con un núcleo de hierro. Un imán en el extremo de una vara, manipulado por un ayudante oculto tras la pizarra, provocaba que la bola se adhiriera y se moviese aparentemente por su propia voluntad. Después de que Berol se retirase, Houdini compró el equipo. Un ayudante en la sala adyacente a la biblioteca de Houdini había abierto un pequeño panel en el muro y extendió una vara con un imán a través del mismo. La bola de la pizarra tenía un centro de hierro, por supuesto. Ernst no había recordado que cuando Doyle volvió a la sala, después de haber escrito las palabras fuera, Houdini había hecho una comprobación para asegurarse de que el trozo de papel estaba en el que había escrito Doyle estaba doblado, entonces se lo devolvió inmediatamente a su amigo. Antes de hacer esto, el mago había intercambiado los papeles. Mientras Doyle estaba ocupado recuperando la bola del tintero y llevándola a la pizarra, Houdini leyó las palabras. Su conversación dio la indicación al ayudante oculto. Una vez que el mensaje estuvo escrito en la pizarra, Houdini pidió el papel a Doyle para verificar las palabras. Abrió el papel en blanco, simulando que leía las palabras del mismo, y luego volvió a cambiarlo por el original mientras retornaba el papel original a su amigo. Más tarde, Houdini explicó este proceso de intercambio durante unas charlas públicas sobre mediums fraudulentos”.

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