Ya
han pasado más de dos semanas desde la desaparición del vuelo de
Malaysia Airlines que cubría el trayecto Kuala Lumpur-Pekín. Fue el 8 de
marzo cuando el B-777 con 239 pasajeros pasaba a engrosar la lista de
aeronaves que se “esfumaban” en extrañas circunstancias. ¿Qué otras
naves han desaparecido en extrañas circunstancias en los últimos años ?
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El gobierno Malasio da por hecho que el avión MH370 se estrelló en el Océano Índico,
por lo que a la espera de que aparezcan restos del fuselaje que
confirmen estos datos, queda por dilucidar por qué el piloto del avión
se desvió de la ruta prevista, lo que está dando lugar a todo tipo de
hipótesis y especulaciones. La desaparición del avión Boeing 777-200ER
de Malaysia Airlines no
es un caso único. Por eso, desde melty.es queremos ofrecerte un listado
de las desapariciones de vuelos más misteriosas de la historia de la
aviación.
2009. Vuelo 447 de Airfrance
El
Airbus despegó de Río de Janeiro hacia París el 31 de mayo de 2009.
Pocas horas después de emprender su vuelo, la torre de control perdió
todo contacto con el mismo. Tres años más tarde, las autoridades
francesas concluyeron que cristales de hielo averiaron el sistema
utilizado para determinar la velocidad relativa de vuelo del avión, lo
que hizo que el piloto automático se desconectara : a causa de ello, el
avión se estrelló contra el océano. Murieron 228 personas.
2003 Boing 727
Uno
de los casos más famosos de aviones desaparecidos sin motivo aparente.
Desapareció en Luanda, la capital de Angola. El avión despegó en
dirección a Burkina Faso. Partió con las luces apagadas y se desconoce
el número exacto de pasajeros. Once años han pasado, y nada se sabe hoy
del paradero del avión.
1999. Vuelo 990 de Egyptair
El
avión volaba destino a El Cairo desde la ciudad de Nueva York. Se
estrelló en el Océano Atlántico, frente a la costa de Massachusetts. Las
217 personas que iban a bordo perdieron la vida. Como ocurriera hace
unos días conel vuelo MH370 de Malaysia Airlines, se encontraron restos de la estructura del avión,
pero el motivo de la tragedia sigue sin esclarecerse. La versión
oficial habló de fallo mecánico, sin embargo la velocidad con la que el
avión descendió hasta estrellarse abrió la hipótesis de un posible
suicidio del piloto.
1996. Vuelo 800 de TWA
El avión
iba en dirección a París y explotó en el aire poco después de despegar
de la ciudad de Nueva York. Fallecieron las 230 personas que viajaban a
la capital francesa. Se llegó a especular con que el avión fuera
derribado por un misil, aunque la investigación oficial dictaminó que la
explosión se debió a un cortocircuito.
1972. Vuelo 571 de la fuerza Aérea Uruguaya
El
cine se hizo eco de esta tragedia. Víctima de la baja nubosidad, el
avión se estrelló en la cordillera de los Andes. El vuelo 571 volaba de
Uruguay a Santiago de Chile. De las 45 personas a bordo, casi la mitad
de ellas no sólo sobrevivieron al impacto, sino que estuvieron 72 días
perdidas en las alturas de los nevados. Cuando ya nadie confiaba en
encontrar supervivientes, 16 personas resistieron a pesar de no tener
víveres, debiendo incluso recurrir al canibalismo para vivir. Su
historia fue llevada a la gran pantalla en la película ¡Viven ! , en
1993.
EL MISTERIO DEL “TRIÁNGULO DE LAS BERMUDAS”.
Decenas
de barcos y aviones se han esfumado sin dejar huellas en esta zona del
océano situada entre las Bermudas, Florida y Puerto Rico. Uno de los
casos más famosos fue el del Vuelo 19, una escuadrilla formada por cinco
aviones de la marina de Estados Unidos bien dotados con un completo y
sofisticado equipo de navegación. El 5 de diciembre de 1945 todos
desaparecieron durante un vuelo de entrenamiento de una forma que pone
los pelos de punta. El oficial al mando de la expedición contactó con la
torre de control. Estaban perdidos. Y éstas fueron sus últimas palabras
antes de desaparecer sin dejar rastro : “No sabemos dónde está el
oeste. Todo parece falso, extraño. No estamos seguros de ningún rumbo.
Incluso el océano no parece ser el mismo de siempre”.
El vuelo MH370 desapareció el pasado 8 de marzoPero
la historia no acaba aquí. Un equipo de salvamento llegó a socorrer a
los desaparecidos, evaporándose igualmente en la zona en cuestión. Este
suceso ha inspirado multitud de publicaciones, documentales y hasta
producciones cinematográficas. Las desapariciones se reprodujeron con
numerosos aviones y barcos en las décadas siguientes. Hasta un submarino
nuclear desapareció en este enigmático triángulo.
Pero... ¿Qué ha ocurrido en esta zona del océano ? Teorías “conspiranoicas”
aseguran que estas naves fueron abducidas por extraterrestres para
estudiar a los humanos en su planeta. Otras, mantienen que hay una
distorsión espacio-temporal en esa zona que arrastraría a los aviones a
otras dimensiones. En cambio, la versión oficial hasta la fecha concluye
que el hecho de que estas desapariciones se produjeran en dicha zona se
trata de una “ mera casualidad”.
Jeffrey Lionel Dahmer, más conocido como el carnicero de Milwaukee
fue uno de los asesinos en serie más populares del siglo pasado, y no lo
fue por la cantidad de víctimas que asesinó, si no por el grado de
crueldad y el modo despiadado con el que acabó con ellas. Psicópata,
necrófago y necrófilo, ésta es su triste historia.
Dahmer nació en mayo de 1960 en Milwaukee (Wisconsin), y siendo la
excepción de la regla, los primeros años de su infancia transcurrieron
en un ambiente familiar de lo más normal y feliz. Jeff era un niño
simpático y cariñoso hasta que, a punto de cumplir los siete años, fue
operado de una hernia y todo su mundo cambió de forma radical.
Los trastornos y dolores que le produjo dicha hernia le cambiaron el
carácter, convirtiéndolo en un niño retraído y aislado. En la soledad de
su jardín y de los alrededores de la casa, el pequeño Jeff comenzó a
tener unas aficiones bastante macabras; recogía animales aplastados en
la carretera y tras deshuesarlos los enterraba en su cementerio privado
de mascotas. Y cuando no encontraba animales muertos, no dudaba en
realizar el mismo la tarea, torturando a gatos y perros e incluso
destripando a los peces que pescaba en un río cercano para ver cómo era
su interior.
Jeffrey tenía ya quince años y se había convertido en un pequeño
monstruo sin escrúpulos, rubio y atractivo, tras su rostro inocente se
comenzaba a dibujar el terrible asesino en el que no tardaría en
convertirse.
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Con 18 años, la situación familiar ha cambiado, sus padres están a
punto de divorciarse y Jeff, que desde hace un tiempo se refugia
también en el alcohol y las drogas, decide dar un paso más y poner en
práctica lo que tantas veces ha imaginado. Recoge a un autoestopista,
Steven Hicks, y lo lleva a casa de sus padres que pasaban unos días
fuera, allí se emborrachan y se acuestan juntos, a la mañana siguiente,
cuando Hicks le dice que se tiene que marchan, Dahmer lo mata. Más tarde
confesaría que mataba a sus amantes para que no lo abandonaran, una
muestra de su hedonismo controlador. Jeffrey lo mató destrozándole la
cabeza con la barra de unas pesas, más tarde cortó el cadáver en trozos
con un cuchillo de caza, lo metió en bolsas de plástico y lo enterró en
un bosque cercano.
Pasaron varios años hasta que la segunda víctima cayó en sus manos,
era el año 1987. En un bar de homosexuales conoció a Steven Toumi, los
dos fueron a un hotel de las afueras y cuando Jeff se despertó, encontró
a Toumi muerto a su lado. No recordaba haberlo matado, pero tenía la
boca llena de sangre. Metió el cuerpo en una maleta y lo llevó al sótano
de la casa de su abuela, donde vivía en aquella época. Allí, lo
descuartizó y lo tiró a la basura, no sin antes copular con él.
Continuaron los asesinatos… tras su cuarta víctima decidió mudarse a
una casa propia para poder actuar con más libertad y que su abuela no se
diese cuenta de lo que sucedía.
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En 1988, Jeff pagó un dinero a un joven asiático, Kyson
sinthasomphone, para que posara para unas fotos. Le drogó, pero lo dejó
escapar con vida y sin tener relaciones con él. Los padres del chico,
tras llevarlo al hospital, denunciaron a Dahmer que fue arrestado abusos
a un menor.
Su siguiente víctima fue Anthony Sears, un modelo de 24 años. Como
acostumbraba, lo drogó, lo estranguló y más tarde lo descuartizó. Para
salir un poco de la monotonía, se quedó con su cabeza, que tras hervirla
y separar la carne del hueso, pintó con pintura gris y se la guardó en
su armario de los trofeos.
Le llegó la condena por los abusos al joven asiático, cinco años de
libertad condicional. Volvió a casa de su abuela, aunque esto no fue
suficiente motivo para que sus asesinatos cesaran, tras un breve periodo
volvió a mudarse a un apartamento. En los siguientes quince meses,
hasta que fue detenido, mató a otros doce hombres. En esta época se
aficionó también a la necrofagia, cortando largas tiras de carne para
comérselas o bien mordisqueando los cuerpos, de todo esto tomó numerosas
fotografías.
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Fotograma del film Dahmer Vs Ottis
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Su colección de calaveras iba en aumento. Cuando descuartizaba a los
cuerpos, lo que el gustaba lo guardaba en el congelador y lo que no lo
disolvía en un enorme bidón con ácido. Dahmer no estaba interesado en la
muerte o el dolor que podía causar a sus víctimas, a él lo que le
atraía era el destino que podía darles a los cuerpos de sus víctimas. A
veces dormía con los cadáveres a su lado, el quería que sus amantes
siempre estuvieran con él.
Con algunos de ellos hizo prácticas de lobotomía, con un taladro
hacía perforaciones en su cráneo, por donde luego introducía productos
químicos como ácidos. Casi todos morían al instante, pero Dahmer juró
que uno de sus zombies vivió tres días.
En 1991 la policía encontró a un hombre negro vagando por la calle
en estado de shock, con unas esposas colgando de sus muñecas, era Tracy
Edwards, que había conseguido escapar sin saber muy bien como de las
garras de Jeffrey. Este hombre llevó a los agentes hasta la casa de
donde había escapado, y allí hicieron un descubrimiento de lo más
macabro y escalofriante.
El apartamento apestaba, lo primero que encontró la policía fue su
colección de polaroids, con cuerpos abiertos en canal y descuartizados.
En la nevera encontraron una cabeza humana, todavía tierna, y varias
calaveras. En un armario hallaron varios miembros humanos en estado de
descomposición. De la barra de la cortina de la ducha colgaba un
esqueleto casi completo y, en otra habitación, una tétrica colección de
órganos sexuales masculinos amputados y conservados en jarrones con
formol, donde Dahmer solía masturbarse.
En su conjunto, la casa en todos sus rincones era un lugar de verdadera pesadilla.
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La verdad es que Dahmer podía haber sido detenido unos meses antes,
cuando Konerak, un chaval de 14 años, consiguió también escapar de él y
corría desnudo por la calle. Unas chicas del barrio avisaron a la
policía que, en un acto de total negligencia, devolvieron a Konerak al
propio Dahmer, que zanjó la cuestión diciendo que el chaval, que tenía
18 años y era su amante, había cogido una rabieta por una pelea de
enamorados. Por supuesto, Konerak no disfrutó de una segunda
oportunidad. Lo más sorprendente del caso de este chaval es que también
era asiático y que era el hermano de Kyson, el niño de las fotografías
por el que estaba cumpliendo su condena.
La mayoría de víctimas del carnicero de Milwaukee pertenecían a
minorías étnicas por las que la policía no se preocupaba demasiado, las
investigaciones sobre las desapariciones quedaban enterradas entre
papeleo “más importante”, ya que de haberse puesto a investigar en
serio, hubiese sido bastante fácil para la policía dar con Jeffrey y
evitar muchas muertes, ya que no era demasiado cuidadoso en nada de lo
que hacía.
Cuando fue detenido, los policías que le entregaron a Konerak fueron
suspendidos y Dahmer fue condenado a quince cadenas perpetuas
consecutivas, de las que solo cumpliría un par de años, ya que el 23 de
noviembre de 1994, un preso esquizofrénico le machacó la cabeza acabando
con él.
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Sus víctimas:
1978
Steven Hicks, 19 años
1987
Steven Toumi
12 años
1988
James “Jamie” Doxtator
Richard Guerrero
Ezequiel Gilabert
1989
Anthony Sears
1990
Raymond Smith
Eddie Smith
Ernest Miller
David Thomas
Richard Barrow
1991
Curtis Straughter
Errol Lindsey
Tony Hughes
Konerak Sinthasomphone
Matt Turner
Jeremiah Weinberger
Oliver Lacy
Joseph Bradeholt
El 18 de noviembre
de 1978, el mundo se estremecía con las imágenes del suicidio de 913
estadounidenses, miembros de la secta Templo del Pueblo. El relato de una sobreviviente.
El fanatismo al reverendo Jones
terminó en una tragedia. Creía ser la reencarnación de Lenin, Jesucristo y Buda.
Fue el
suicidio colectivo más trágico de la historia contemporánea. El 18 de
noviembre de 1978, 913 estadounidenses miembros de la secta Templo del Pueblo murieron
colectivamente tomando cianuro en la jungla de Guyana, cerca de la frontera con Venezuela.
Si lo hicieron forzada o voluntariamente, nunca se supo. Lo que sí está claro es que
este episodio –que en aquel momento conmovió a ese país y al mundo entero–
está casi olvidado ahora en Estados Unidos; sólo un puñado de familias y sobrevivientes
han previsto volver hoy a la fosa común donde están enterrados más de 400 cuerpos, la
mayoría no identificados, en el cementerio Evergreen de Oakland, en California.
Inclusive, a pesar de sus esfuerzos, estos sobrevivientes no han podido reunir el dinero
suficiente para construir un monumento en memoria de las víctimas. Hombres, mujeres y
niños que siguieron a su líder espiritual Jim Jones para levantar un mundo ideal en la
selva de Guyana.
La colonia agrícola, bautizada Jonestown y que fue fundada en 1973, era para algunos el
paradigma de la felicidad multirracial, con pretensiones igualitarias y dominada por un
cuarentón con enorme carisma e ideas marxistas que creía ser la reencarnación de Lenin,
Jesucristo y Buda. Jim Jones no sólo era fiable, además era rico y estaba ligado a
algunos políticos californianos. Contaba entre sus amistades a Rosalyn Carter, la esposa
de Jimmy Carter, presidente de Estados Unidos entre 1977 y 1981. Y al legislador estatal
Willie Brown, actual alcalde de California.
Pero en 1976 la colonia ya no era el paraíso soñado: “La gente tenía miedo de Jim
Jones, trataba de huir. Una vez que llegabas, no te podías marchar”, explica Jynona
Norwood, pastor de la Family Christian Cathedral, en Los Angeles. Veintisiete miembros de
su familia se suicidaron.
La idea del suicidio colectivo surgió tras el asesinato de un congresista de California,
Leo Ryan, que fue a investigar la colonia a petición de algunos padres, inquietos porque
sus hijos no volvían. Dos periodistas que lo acompañaban también fueron asesinados por
miembros de la secta cuando se disponían a subir al avión de regreso. Al día siguiente,
Jim Jones instó a los miembros de la colonia a cometer “no un suicidio, sino un acto
revolucionario”, según una grabación encontrada en el lugar. Algunos estaban
dispuestos: “No le tenemos miedo a la muerte”, escribió antes de morir uno de
los suicidas. “Esperamos que el mundo se dé cuenta un día de los ideales de
justicia e igualdad por los que vivió y murió Jim Jones.”
Pero las madres se mostraban reticentes a envenenar a sus hijos con cianuro. Las protestas
se sofocaron rápido y tres días más tarde, el mundo, conmocionado, descubrió las
imágenes de centenares de cuerpos tendidos en la jungla, a menudo boca abajo.
Este año, los hijos de Jim Jones, Stephan y Jim Junior, que no se encontraban en la
comunidad el día del drama, han vuelto al lugar. “Era gente cariñosa y apasionada.
Esta gente no hubiera tenido que morir”, explicó Stephan Jones a la cadena de
televisión ABC, organizadora del viaje. “Pero hacia el final, a (Jim Jones) lo
consumió su propia locura”, agregó. “El final fue horrible, pero pienso en lo
que intentó construir”, asegura, por su parte, Jim Junior. La secta dejó de existir
después del drama. Decenas de sobrevivientes (que huyeron justo antes) intentaron, a
duras penas, reintegrarse en la sociedad a pesar de las “dudas, las acusaciones y la
vergüenza”, confiesa Jynona Norwood.
El drama de Jonestown, que seguirá siendo un misterio, no disuadió otros suicidios
colectivos. En Estados Unidos, más de 80 miembros de la secta de los davidianos murieron
en 1993 en el incendio, aparentemente voluntario, de su granja en Waco (Texas), que la
policía había tomado por asalto. En Suiza y Québec, en octubre de 1994, dos grupos de
miembros de la Orden del Templo Solar (OTS), en total 53 personas, también fueron
encontrados muertos, antes de otro suicidio colectivo de la OTS, en 1995 en Francia. El
suicidio colectivo más reciente es el de los 39 adeptos de la Puerta del Paraíso, en
marzo de 1997, en California. En total, según la AFF(American Family Foundation, centro
de investigaciones sobre las sectas), hay entre 3000 y 5000 grupos de este tipo en el
mundo que reagrupan a entre 5 y 20 millones de miembros.
La voz que oyó Deborah
Deborah
Layton vivió en Jonestown y teóricamente tendría que haber muerto allí, pero fue uno
de los pocos miembros del Templo del Pueblo en salir con vida de la selva de Guyana.
Layton fue también una de los pocos disidentes que había alertado sobre lo que se estaba
preparando en la ciudad erigida por la secta. Pero sus advertencias no fueron
suficientemente tenidas en cuenta.
Desde su casa en las afueras de San Francisco, Layton se aventuró de nuevo a la oscuridad
del Templo del Pueblo para intentar encontrar alguna explicación al abismo mortal al que
se precipitaron cientos de sus ex camaradas. Sus esfuerzos para exhumar las memorias
derivaron en un libro: Veneno seductivo: la historia de una sobreviviente de Jonestown
sobre la vida y la muerte en el Templo del Pueblo. También la llevaron de nuevo al
fatídico lugar de la jungla de Guyana.
Su madre, que se había unido a la secta en parte para estar más cerca de ella, está
enterrada allí. Murió de cáncer diez días antes de que Jim Jones realizara el último
acto de su locura. Y su hermano, Larry, quien la había convencido para que entrara a la
secta, cumple una sentencia a cadena perpetua. Es la única persona procesada por el
mortal atentado contra el legislador californiano Leo Ryan y un grupo de periodistas en
una pista de aterrizaje de Guyana.
Layton huyó de Guyana en mayo de 1978. La que llegó a ser una de las principales
ayudantes de Jones, cada vez se sentía más preocupada por la dirección hacia la que el
adorado “Padre” conducía su rebaño. Layton explica que la huida fue una
cuestión de hacer caso a su voz interior, una voz que Jones trataba de apagar con
discursos delirantes. “Te decía que la voz era mala, que era la voz del
egoísmo”, cuenta la mujer que le decía Jones. “Pero fue esa voz la que me
salvó”, asegura, con vida, ahora.
Un Israelí que parece desafiar las leyes de la física torciendo cucharas y derritiendo metales con la fuerza de su mente.
Se trata del mundialmente famoso Uri
Geller, un joven parapsicólogo de asombrosa y discutida historia sobre
quien recaen los más dispares calificativos, que van desde “charlatán”
hasta “hacedor de milagros”.
Veamos algunas de sus más sorprendentes
experiencias. En junio de 1974, ante un calificado grupo de científicos
reunidos en el laboratorio de física del Birkbeck College, en la
Universidad de Londres, centuplicó dos veces las señales de un “contador
Geiger”, aparato físico de gran precisión cuyo ritmo estable es de 0.5
señales por segundo. Pues bien, en pocos segundos estas señales
subieron a 200 veces más de lo normal –lo que equivaldría a una
radiación nuclear-, fenómeno debido únicamente a la intensa
concentración mental de Uri Geller. Al menos los científicos presentes
atestiguaron que ningún otro factor, salvo ese, ejercía en esos momentos
influencia sobre el contador Geiger.
En el mismo laboratorio y fiscalizado por
los científicos, el parapsicólogo realizó estas otras pruebas: dobló
metales con sólo tocarlos; quebró un cristal encerrado dentro de un
hermético envase pasando la mano a varios centímetros de éste; e hizo
girar bruscamente brújulas y magnetómetros con la fuerza de su mente.
El matemático John Taylor declaró: “He
comprobado que en estas experiencias no hay posibilidad de fraude
alguno. Uri Geller es tan excepcional que plantea un serio desafío a la
ciencia contemporánea”.
El joven israelí, sin embargo, ya había
conmocionado al mundo científico antes de las pruebas llevadas a cabo en
la Universidad de Londres.
Efectivamente, en 1972 efectuó
experimentos de telepatía en el Instituto Stanford de Investigaciones,
de California, Estados Unidos.
Allí, se lo encerró en una habitación
hermética, de dobles paredes de acero; afuera, los experimentadores
hacían dibujos y el parapsicólogo, mediante su concentración mental,
percibía telepáticamente esos dibujos y los reproducía en un papel desde
su aislado encierro.
Sin embargo, este anverso tiene su
reverso. Según “Nature”, la más prestigiosa revista científica inglesa,
las precauciones adoptadas por las autoridades del Instituto Stanford
fueron “demasiado vagas”, insinuando que los investigadores fueron
embaucados por las astutas técnicas ilusionistas del supuesto
paranormal.
Por su parte, el mago Melbourne
Christopher afirma que Geller se vale de muy hábiles “trucos”,
jactándose de haberlos desenmascarado uno por uno. Y pregunta,
desafiante: ¿por qué se niega obstinadamente a realizar sus pruebas ante
los prestigitadores profesionales, tan capaces como él de cumplir esas
“proezas”?
A estas acusaciones, Uri Geller contrapone sus propios argumentos.
Precisamente uno de sus más entusiastas
defensores es el médico y parapsicólogo Andrija Puharich, catedrático
del Stanford, quien recibió en su casa al joven israelí. Narra que
durante esa visita ocurrieron cosas tan extrañas como estas:
-“El cenicero que estaba sobre una mesita
ratona entre Uri y yo se levantó de pronto unos 30 centímetros, y
después de permanecer unos minutos suspendido en el aire salió por la
ventana, reapareciendo momentos después en el patio, a cinco metros de
donde estábamos nosotros. Luego, mientras caminábamos por el jardín, un
pisapapeles que habitualmente se encuentra sobre mi escritorio,
aterrizó instantáneamente junto a mis pies.
Pero lo que terminó de convencerme de los
excepcionales poderes de Geller fue esta prueba de telepatía: hizo dos
dibujos que nadie más que él vio, luego miró fijamente a mi hijo de 14
años para “trasmitirle las imágenes”. De inmediato, mi hijo, sin
vacilar, dibujó dos figuras –un auto y un gato- que, cotejadas con las
que había trazado Uri resultaron ser asombrosamente parecidas”.
Claro que también puede resultar muy
razonable dudar de la veracidad de lo antedicho si uno se entera, por
ejemplo, que Andrija Puharich oficia de empresario de Geller en sus
presentaciones en teatros del mundo entero y, por lo tanto, cabe la
posibilidad de que invente historias fantásticas sobre su contratado, a
fin de despertar grandes expectativas en el público a favor del
“show-business”.
Sus
experiencias más divulgadas en esas presentaciones personales consisten
en doblar cubiertos y hacer funcionar relojes descompuestos a los que
les faltan piezas fundamentales; todo sin más recurso que su
concentración mental. Y esto también da pie a la polémica, pues no
todos los cubiertos se doblan ni todos los relojes se componen.
De tal modo, su auditorio queda dividido
entre quienes lo consideran un superdotado y quienes lo tildan de
impostor; unos le otorgan poderes mágicos, otros reniegan de él.
En la época en que todavía se
cuestionaban sus poderes paranormales, allá por 1973, un programa de
televisión de la B.B.C. de Londres, conmocionó prácticamente a toda
Europa. A pocos minutos de haber comenzado Uri su programa, numerosos
televidentes telefonearon a la emisora haciendo saber que en sus casas
se estaban doblando cubiertos y echando a andar relojes que hacia años
que estaban descompuestos.
Para los magos profesionales, sin embargo, este fenómeno tiene una sencilla explicación.
El hecho de que haya personas que al ver
por televisión las experiencias de doblar cubiertos y arreglar relojes
descompuestos comprueben que en sus propias casas está ocurriendo lo
mismo, obedece, según los magos profesionales, al conocido fenómeno
parapsicológico de la autosugestión.
Al respecto expresa el ilusionista Argentino Juan José del Pozo, que utiliza el seudónimo de Tu-Sam:
“Una parte del público de Uri Geller,
cuando él actúa, cae en el histerismo, condición esta en que el cuerpo
humano ejecuta actos en forma inconsciente”. Por lo tato, un histérico
con una cuchara en la mano puede doblarla sin darse cuenta, ya que en
ese estado anormal cualquier organismo realiza proezas que jamás
lograría en estado normal. Baste decir que una persona bajo los efectos
de la hipnosis puede levantar pesos que exceden en 20 kilos sus
posibilidades máximas.
“En cuanto a los relojes descompuestos,
Geller sólo hace funcionar aquellos cuyo eje no está roto. Muchos
ingenuos exclaman: “¡Asombroso, funciona sin tener cuerda!” Y yo me
pregunto: “¿Quién se acuerda si le dio cuerda o no a su reloj cuando se
descompuso, varios años atrás?”.
Como se ve, la controversia en torno a
este tema es inagotable. Mientras tanto, el joven parapsicólogo Israelí
se atribuye orgullosamente –al margen de las ya mencionadas- las
siguientes proezas:
El 25 de noviembre de 1973, desde París
rompió vajillas en Londres; en Alemania detuvo un coche funicular en el
aire; a Von Braun, padre de la moderna cohetería, le fundió un anillo
sin tocarlo; inmovilizó a un trasatlántico en plena travesía; alteró
una red estructural metálica de la Marina de Guerra de Estados Unidos,
que en un comunicado oficial aclaró: “El caso no tiene explicación
científica”.
El extremo opuesto al de los que no
vacilan en catalogarlo de mistificador se ubican los exaltados que
hasta llegan a atribuirle vinculaciones con seres extraterrestres. Un
informe científico asegura que en todas las cintas magnetofónicas de
entrevistas realizadas a Uri se localizan interferencias de esotéricas
voces que parecen proceder de otros planetas. Versión ésta que se
compatibiliza con las siguientes palabras del propio Geller:
“México y Egipto son los dos países donde
siento que mis poderes aumentan considerablemente. Esto no es una
casualidad, ya que en esos dos lugares hay pirámides, que no son obra
humana sino que fueron construidas por seres de otros mundos que tal vez
me estén utilizando de puente para comunicarse con los terráqueos”.
¿Qué hay de cierto y de fantasía en este
apasionante caso? Imposible establecerlo aún con certeza por ser una
historia de flagrante actualidad. Quizá el tiempo nos permita dilucidar
el enigma. Pero por el momento esta enconada controversia nos resulta
muy aleccionadora, pues nos alerta respecto de que los fenómenos parapsicológicos deben ser considerados con mesura y cautela.